Me gustó, mucho, ver el homenaje que le dispensaron a Xavi Hernández, el sábado pasado, tanto la afición del Camp Nou como sus propios compañeros del vestuario azulgrana. Un manteo en toda regla, después de empatar a dos tantos con el Deportivo, que contrastaba con la sordidez del estadio Santiago Bernabéu –dividido entre pitos y palmas- hacia el capitán madridista, Iker Casillas. Xavi e Iker son, actualmente, los dos mayores emblemas de nuestro fútbol, auténticos artífices de los éxitos de sus clubes y de la selección española, pero el trato que están recibiendo últimamente, cada uno por parte de sus clubes y aficiones respectivas, está siendo bien dispar. Dice un viejo refrán que “de bien nacidos es ser agradecidos”, pero creo que, al menos en Madrid, muchos no se dan por aludidos en tal sentido. Una pena ver el espectáculo del sábado en el club de Chamartín.

Porque Xavi Hernández, que es de quien quiero hablar hoy, ha puesto fin a 17 años de carrera en el FC Barcelona para tomar rumbo a Qatar. Así lo había anunciado personalmente horas antes, en rueda de prensa, después de que todo el mundo ya supiera lo que iba a contar. Noticia filtrada en su día y propagada después con toda clase de megáfonos mediáticos, que negaron a Xavi cualquier derecho a decirle a su afición, a través de los periodistas y de sus medios, lo que quisiera o tuviera que decirle en primicia.

Xavi es el futbolista con el mejor palmarés del fútbol español, pues ha conquistado 23 títulos con su club y dos copas de Europa y un mundial con la selección española. Y antes de que se termine esta temporada, aún lo puede engrosar más, pues le quedan por disputar con su equipo otras dos importantes finales: Champions League y Copa del Rey. Como él mismo reconocía ante los plumillas “ganar el triplete sería un precioso colofón”, una vez conquistada la nueva liga de este curso. Ya lo creo que sí. Pero, para mí, por encima de los resultados deportivos pretendo destacar algunos de sus rasgos y valores personales, pues creo que están en la base de su exitosa carrera deportiva.

El Club, al igual que el año pasado, le había ofrecido renovar por hasta 2018. El verano pasado aceptó (“No me arrepiento, creo que hice bien”), pero este año ha decidido no hacerlo (“porque es el momento. Mi cuerpo y mi mente me decían que había llegado el momento; mi corazón, no”). Ya no se siente titular, pero lo acepta con naturalidad. “El equipo está en un momento extraordinario y cuando he participado en el juego, me he sentido importante. Pero ya no estoy en el once de gala. He mirado por el grupo, que es lo que me enseñaron aquí”. Mente clara, ideas nítidas… decisiones naturales.

Su liderazgo en el campo, ese que le encumbró a lo largo de toda su carrera, también se ha proyectado ahora, fuera de él, en estos momentos tan emocionalmente intensos. Siempre fue el líder de sus equipos, dentro de la cancha, entre otras razones porque sabía manejar como nadie el ritmo del juego y el tempo de los partidos; también supo ser el primer capitán desapasionado de un vestuario no siempre consciente de su identidad y a menudo veleidoso respecto de sentimientos extradeportivos (vamos a llamarlos así, pero al buen entendedor…), que el propio club trató de exacerbar y que Xavi –en un equilibrio difícil- supo amortiguar con buena mesura.

¡Quién no recuerda su buena relación con Iker, que mitigó en la selección las tensiones surgidas entre ambas plantillas, especialmente durante la etapa de Mourinho como entrenador del vestuario blanco! Por cierto, una ‘componenda deportiva’ entre dos deportistas amigos que, al fin y a la postre, está en el origen del rechazo que ahora recibe el portero de Móstoles por una parte de su afición. Reitero (y no me cansaré de hacerlo) que la afición del Real Madrid se lo tiene que hacer mirar. Dispongo en mi agenda de teléfonos de buenos psicólogos colectivos y los pongo a su disposición, pues quizá, puedan ser de utilidad.

Con esa misma maestría y buena mesura, Xavi parece saber manejar ahora el tempo de su propio destino. En primer lugar, porque desea seguir jugando. El fútbol es su vida, lo que sabe y le gusta hacer: “Quiero seguir jugando al fútbol. Tengo cuerda para ello. Aprenderé en un campeonato menos competitivo, pero el proyecto presentado a mí y a mi familia es tremendo. Me voy, vale, pero quiero trabajar en el futuro con el Barça”. A eso me refería antes con lo de ser bien agradecido y me gustaría que otros jugadores (y sobre todo otras aficiones) tomaran buena nota.

Y, en segundo lugar, porque ese destino se llama Qatar, el emirato del Golfo Pérsico que ha decidido hacer una firme apuesta por el deporte como estrategia de posicionamiento de marca-país a nivel mundial. Allí le ofrecen seguir jugando (ha firmado un contrato con el Al-Sadd para los dos próximos años); curiosamente es el mismo club en el que jugó Raúl González antes de probar suerte en el Cosmos neoyorquino. Y, además, podrá formarse como entrenador y enseñar a los jóvenes valores en la rica escuela Aspire. No cabe duda, su buen amigo Raúl es el que le ha inspirado en esta aventura, como lo demuestra que vivirá en la casa donde lo hizo el mítico 7 blanco, en Doha, hasta su marcha a USA.

Pero seguramente que también le habrán ayudado en su decisión la buenas relaciones que unen a las autoridades del emirato con el Barça. El portal Deporadictos, en un buen trabajo titulado “Rumbo al Golfo Pérsico, los deportistas españoles en Qatar” apela a la existencia de “un contrato de Qatar Airways con el Barcelona de 96 millones de euros por tres años por la publicidad en las camisetas del Barcelona, el museo y el Camp Nou”.

El reportaje nos recuerda también que “Los jeques quieren invertir su dinero en muchos negocios en nuestro país y, entre ellos, una de sus mayores obsesiones es el deporte. Por ejemplo, el jeque Al Thani, dueño del Málaga, pertenece a la familia real qatarí. No en vano, ya organizaron el Mundial de Atletismo Indoor en 2010 y también organizarán el de 2019. Además este mismo año han organizado el Mundial de Balonmano con un gran éxito deportivo consiguiendo el subcampeonato y, sin duda, su principal salto a la conquista del reconocimiento global será el Mundial de Fútbol en 2022. Ya se sabe, donde hay dinero hay organización. Vamos, que lo tienen claro, quieren evolucionar desde el punto de vista deportivo y para ello han ido a pescar en el país que más éxitos deportivos ha tenido en los últimos años: España”.

Se podría pensar que esta realidad supone un retiro dorado para los deportistas. Creo que sí, efectivamente, pues les permite seguir haciendo lo que saben hacer –con menos exigencias competitivas– y transmitir el conocimiento y maestrías adquiridas a lo largo de toda una vida en la alta competición. Me gusta esa clase de transición hacia la segunda vida del deportista, ya sea como entrenador, empresario, directivo o simple jubilado. La hace menos ‘rupturista’, mientras les permite seguir ganándose muy bien la vida. Y si es para volver, como nos asegura Xavi, pues mejor que mejor.

Pero desde hoy, todo buen aficionado al fútbol debe estar preparado para renunciar a su arte como futbolista, a su cerebro organizativo, a sus ojos en la nuca. La frase que mejor resume lo que siento es de Luis Enrique, su último entrenador. “No hay recambio para sustituir a Xavi”. Y ¿saben por qué? Pues porque no hay otro igual a él… porque es único.

Compartir...Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on Facebook0Share on LinkedIn0Email this to someone