Nos siguen llegando desde Brasil inquietantes noticias sobre el clima de tensión social que vive el país anfitrión del Mundial de Fútbol, para cuyo arranque queda ya menos de un mes. Digo “inquietantes noticias” porque nos hablan de una nueva oleada de violentas protestas contra el Gobierno de Dilma Rousseff, por el incumplimiento de sus promesas de desarrollo económico y social que nunca han mostrado el menor viso de hacerse realidad.

A los movimientos ciudadanos, que crecen como la espuma, se están sumando estos días también los sindicatos. Y lo que comenzó en junio del año pasado como un fenómeno de múltiples acciones espontáneas –protagonizadas por ciudadanos descontentos– parece que se está convertiendo ahora en una campaña de acciones organizadas. No hay tantas manifestaciones, es cierto, pero son más radicales. El Gobierno teme por la seguridad del Mundial, a pesar de que destinará 180.000 agentes a garantizarla. Y se muestra bien preocupado porque el evento acabe convirtiéndose en un estruendoso fracaso económico.

Los datos son incontestables: a día de hoy, cuatro de los doce estadios en los que se jugará el mundial aún no están terminados. Habrá que correr y mucho para llegar a tiempo a la cita del 12 de junio. Y las prisas, ya se sabe, se resuelven con más recursos (es decir, con más dinero), lo cual contribuirá a complicar el problema y a soliviantar más los ánimos.

Las obras de los 12 estadios en los que se disputará la competición, cifradas inicialmente en unos 800 millones de euros, se elevan ya casi a los 2.700 millones. Es decir, casi cuatro veces más. Una cantidad superior a la gastada en su conjunto por Alemania y Sudáfrica en los mundiales de 2006 y 2010, respectivamente. Todo un despropósito.

En su conjunto, los gastos del Mundial se han disparado al menos un 10% sobre la cantidad inicialmente prevista y llegarán a los 10.000 millones de euros. De ese monto, la iniciativa privada apenas cubrirá la cuarta parte; el resto correrá a cargo del estado brasileño, cuya caja está hoy mucho menos boyante que en 2007, cuando el país fue elegido como organizador de la competición.

Los anfitriones tenían previsto recibir a unos 600.000 visitantes extranjeros, que se iban a dejar supuestamente unos 8.000 millones de euros… pero todo ello sin pensar en que esas previsiones se podrían derrumbar –como así ha sido– hasta casi la mitad, dada esa tensión social que no garantiza completamente la seguridad y el bienestar de los visitantes, así como el encarecimiento de precios en el país en hoteles, alimentación y bebidas (hasta límites abusivos en algunos casos).

Queda claro que el impacto económico del Mundial en el desarrollo brasileño está siendo muy inferior al prometido por el Gobierno, y que la situación va de mal en peor a medida que se acerca el inicio de la competición. Eso repercute de forma proporcional en el enfado colectivo de un país al que se le prometieron infraestructuras, viviendas, reformas educativas y mejoras en el servicio de salud que no se ven por ninguna parte. Tampoco se han terminado las reformas en los aeropuertos, ni se han resuelto los problemas endémicos de tráfico y falta de movilidad en las grandes ciudades. ¡Fiasco global! Y ese vacío, en cambio, han venido a llenarlo la corrupción generalizada, el despilfarro económico y administrativo, la inseguridad callejera y una inflación galopante, que asfixian aún más a la emergente (pero aún muy exigua) clase media del país. Porque de los millones de personas sin techo que viven literalmente a la intemperie… mejor ni hablamos.

Por eso la gente se ha echado a las calles, donde en cualquier balcón se pueden ver carteles amenazantes como éste: “No habrá copa”. Y el Gobierno no podrá aducir ignorancia, porque este cabreo generalizado del pueblo brasileño ya quedó bien patente durante el reciente carnaval, la fiesta callejera brasileña por excelencia. Allí, entre desfiles y músicas, el grito de advertencia fue muy unánime: “SÍ al Carnaval; NO al Mundial”. En noviembre de 2013, las encuestas mostraban un apoyo al Mundial del 79% de la población; en febrero pasado, ese apoyo apenas llegaba al 52%. ¿Y hoy cuál sería el respaldo social?

Si el Gobierno dispone de esa cifra, cosa que desconozco, es lógico que prefiera no hacerla publica. Se afana ahora en acabar cuanto antes las obras pendientes y en mover a todos sus ‘peones’ con el fin de apaciguar los ánimos y devolver al mundo la confianza en el país, hoy en entredicho. Es lo que le ha pedido a Pelé, embajador gubernamental tanto para el Mundial como para los Juegos Olímpicos, y sin duda uno de los brasileños más universales: “A mí me gustaría que Brasil aprovechara el momento para crecer, pero por razones políticas muchos ciudadanos no lo están entendiendo así. Es verdad que ha habido casos de corrupción, algo que nos preocupa a todos, pero no hay mayor escaparate para el país que organizar estos dos grandes campeonatos y la corrupción no puede eclipsar un momento así. Por eso, creo que no es el momento de protestar, sino de construir un Brasil más fuerte”. De acuerdo, Pelé ¿pero a quién convences en estos momentos?

El Gobierno también acaba de lanzar una nueva campaña internacional de promoción cuyo objetivo es animar al mundo a que visite Brasil durante el Mundial. La componen dos vídeos, titulados ‘Encuentros’ y ‘Baile’ , en los que se trata de destacar el calor humano, la energía, la alegría y la hospitalidad del pueblo brasileño, así como las bellezas naturales del país y las experiencias culturales y gastronómicas que propone al forastero.

Por lo que vemos, Brasil se juega mucho más que una competición deportiva, por muy Copa del Mundo que sea. Se juega orbi et orbe su prestigio internacional y su marca-país. Porque no podemos olvidar que también es la nación organizadora de los juegos olímpicos de 2016, cuyos preparativos caminan igualmente con un preocupante retraso. El presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, ya dio recientemente la voz de alarma por el grave retraso en la construcción de las sedes olímpicas: “No se puede desperdiciar un día más”, dijo Bach. Con la misma preocupación, el presidente de la Asociación de Federaciones de Deportes Olímpicos, Francesco Ricci, no ha dudado en asegurar que “es la situación más crítica en cuanto a preparativos de los últimos veinte años”.

Confiemos en que el amor por el fútbol acabe imponiéndose y que la tensión social desaparezca. Porque, a pesar de todo lo comentado (bastante grave en sí mismo), el mayor ‘cataclismo’ de este Mundial sería el de sufrir el boicoteo del pueblo que lo organiza (el pueblo anfitrión), no contar con su respaldo. Nos enfrentaríamos a un caso inédito, a un precedente muy peligroso. La FIFA y el COI deberían tomar buena nota de algunas de estas lecciones … y aprenderlas bien. Para no volver a cometer los mismos errores.

Compartir...Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on Facebook0Share on LinkedIn0Email this to someone