Mucho se lleva hablando sobre los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, previstos para este verano en la ciudad brasileña. Que si las obras van con retraso… que si se está maltratando y explotando hasta límites insospechados a los trabajadores que se ocupan de concluir las obras… que si la seguridad ciudadana brilla en Río por su ausencia… y, sin embargo, nada hace presagiar que ese estado de cosas cambie, ni pueda poner en peligro una celebración brillante de la cita olímpica, tan esperada por el deporte mundial.

Pero, mira por donde, resulta que a los organizadores, a la ciudad anfitriona de Río y al estado brasileño -que tanto necesita ahora este evento pues es una de las economías emergentes actualmente en recesión- les ha salido un enemigo tan pequeño como temible, pero muy digno de tener en cuenta. Me refiero al mosquito que transmite el virus Zika, que ha infectado a más de un millón y medio de ciudadanos brasileños en menos de un año y que ha encendido todas las alarmas en no pocos países. Razones para ese pánico no faltan, pues la cifra de damnificados parece tremenda.

Muchas personas piensan que las autoridades sanitarias brasileñas han actuado de forma negligente con esta pandemia, pues la infravaloraron en su momento y no la trataron como era debido. Es el caso de Gubio Soares, el virólogo de la Universidad de Bahía que aisló por primera vez el zika en Brasil en abril de 2015. Soares piensa que Rousseff ha sido negligente sobre este problema sanitario y que sus explicaciones han llegado demasiado tarde: “El gobierno brasileño no combatió el mosquito. Ese es el gran pecado de Brasil”.

El temible mosquito, conocido como el aedes aegypti, transmite el virus Zika con una eficacia inusitada y se multiplica a gran velocidad por todo el continente americano, donde la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que puede haber entre tres y cuatro millones de afectados para la cita olímpica.

Como anuncian las autoridades sanitarias mundiales, el Zika no es un virus muy agresivo, pues solo produce una infección leve cuyos síntomas se manifiestan unos pocos días después de la picadura. Los afectados presentan una fiebre leve y una erupción cutánea, síntomas que en algunos casos pueden ir acompañados de conjuntivitis, dolores musculares y articulares. También cansancio y dolor de cabeza. Lo más grave, aunque aún no está demostrado, es que es peligroso para las mujeres embarazadas, que podrían alumbrar bebés con microcefalia, enfermedad que conlleva discapacidad intelectual.

Este virus no es nuevo, pues ya se tienen referencias en algunos países africanos y asiáticos durante los años cincuenta del siglo pasado. Aunque el primer brote documentado data del año 2007; (o sea, que es muy reciente). Pero ahora, como siempre sucede con los riesgos pandémicos, se ha disparado el miedo en muchos países, que ponen en cuestión –incluso- la participación de sus atletas en los Juegos de Río.

El primero que se ha manifestado en ese sentido ha sido Kenia. El director de su Comité Olímpico, Kipchoge Keino (medalla de oro de 1.500 metros los Juegos Olímpicos de 1968), ha declarado que van a esperar hasta el último minuto, porque confían en lo que aconsejen las autoridades sanitarias de Brasil para tomar una decisión fundamentada, pero “Si el virus Zika es grave, no asistiremos a los Juegos. No vamos a exponer a nuestros jóvenes. La salud de nuestra gente es más importante que los Juegos”. Normal, lógico.

Estados Unidos, que bien sabemos es una superpotencia mundial del deporte, también ha puesto el dedo en esta llaga. Su Comité Olímpico de Estados Unidos (USOC) le ha comunicado a algunos presidentes de federaciones que “no deberían viajar a Brasil si no se sienten cómodos acudiendo”. La filtración de esta noticia la recoge la agencia británica Reuters de los propios presidentes contactados. Aunque el USOC la ha desmentido, para evitar que cunda el pánico.

En nuestro país, como no puede ser menos, también está la decisión sobre la mesa de los responsables deportivos. El presidente del Consejo Superior de Deportes, Miguel Cardenal, ha advertido que los deportistas españoles y la sociedad española recibirán “pronto” información “sobre cuáles son las medidas razonables que conviene adoptar para protegerse de la amenaza” del virus durante los JJOO de Río. “Hay que tomárselo muy en serio”, aseguró Cardenal. En su opinión todavía no se ha hecho ninguna recomendación pública “porque el deseo del Gobierno español es que la información sea “eficaz y definitiva. Es un tema de la suficiente trascendencia como para estudiarlo con seriedad y eso es lo que están haciendo los organismos competentes”. Completamente de acuerdo.

Por su parte, el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, también ha mostrado una preocupación razonable: “Nos tomamos muy en serio el asunto. Si lo hace la OMS, nosotros también. Hemos solicitado datos concretos al Comité Organizador y en el momento que los tengamos estudiaremos con nuestra comisión médica qué medidas tomar. La situación de Río es alarmante. Se trata de un problema para los deportistas y acompañantes. Necesitamos saber cómo es la red hospitalaria para atender los problemas que se puedan dar por este virus. Para que los deportistas puedan saber qué riesgos corren si van a Río 2016, los métodos de prevención a que se deben someter, y la manera de cómo serían tratados en los centros médicos de Brasil”. Por supuesto, en línea con los argumentos de Blanco; otra actitud resultaría negligente.

Hoy son crecientes los rumores sobre una posible suspensión de los Juegos Olímpicos. La situación de alarma es tal que Dilma Rousseff, presidenta del país, ha tenido que salir al paso con unas declaraciones tan encendidas que no transmiten precisamente calma, ni serenidad. “Vamos a ganar esta guerra. Vamos a demostrar que el pueblo brasileño es capaz de ganar esta guerra”, aseguró Rousseff tras reunirse con sus ministros en el centro que coordina el seguimiento de la crisis.

¿Y cómo van a ganar esa guerra? ¿Qué es lo que está haciendo el Gobierno? Pues movilizando al ejército; saldrán a la calle 220.000 militares, que irán puerta a puerta aconsejando a los ciudadanos sobre cómo erradicar y prevenir los criaderos de este mosquito, que prolifera en aguas estancadas de zonas tropicales y templadas. También se distribuirán de forma gratuita productos repelentes a casi medio millón de mujeres embarazadas, especialmente a las que gozan de menor poder adquisitivo. Algo es algo, aunque siempre parezca poco cuando el pánico comienza a hacer acto de presencia.

Y como el miedo es libre, el riesgo es que –digan lo que digan las federaciones- sean los deportistas quienes acaben tomando su propia decisión al respecto. Por ejemplo, nuestra gran campeonísima Mireia Belmonte ha mostrado ya sus reservas en unas declaraciones a la revista Sports Illustrated: “Si mi salud corre peligro, me pensaré no acudir a los Juegos de Río (…) Si tuviese que tomar la decisión hoy, no iría a las Olimpiadas. No asumiría el riesgo de tener un hijo enfermo… Ningún atleta que compita en Río debe enfrentarse a este dilema”.

Pues confío en que, en beneficio de los deportistas y del deporte en general, la situación quede bajo control con la mayor rapidez y eficacia posible.

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