Nos siguen llegando desde Brasil inquietantes noticias sobre el clima de tensión social que vive el país anfitrión del Mundial de Fútbol, para cuyo arranque queda ya menos de un mes. Digo “inquietantes noticias” porque nos hablan de una nueva oleada de violentas protestas contra el Gobierno de Dilma Rousseff, por el incumplimiento de sus promesas de desarrollo económico y social que nunca han mostrado el menor viso de hacerse realidad.

A los movimientos ciudadanos, que crecen como la espuma, se están sumando estos días también los sindicatos. Y lo que comenzó en junio del año pasado como un fenómeno de múltiples acciones espontáneas –protagonizadas por ciudadanos descontentos– parece que se está convertiendo ahora en una campaña de acciones organizadas. No hay tantas manifestaciones, es cierto, pero son más radicales. El Gobierno teme por la seguridad del Mundial, a pesar de que destinará 180.000 agentes a garantizarla. Y se muestra bien preocupado porque el evento acabe convirtiéndose en un estruendoso fracaso económico.

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