El pasado jueves –el Jueves Santo- no acudí a mi cita semanal. Me encontraba de viaje, lejos de España, en un país poco amante del fútbol y en cuyos medios de comunicación pasó desapercibida la gran noticia deportiva de la jornada: el fallecimiento de Johan Cruyff. Semanas atrás, el genio holandés había anunciado que luchaba contra un cáncer y, en varias ocasiones (cuando se le preguntaba), mostró su optimismo sobre el resultado de esa cruel pelea contra la muerte. Lo hacia –no podía ser de otra manera– con un símil futbolístico: “voy ganando este partido por 2-0 en el descanso”. Y todos los creíamos porque él había sabido ganarse a pulso ese don de la reputación personal: la credibilidad.

Pero en este caso, parece claro, nos engañó un poquito. El bueno de Johan decidió tirar de carácter y seguir siendo él hasta las últimas consecuencias. Estaba en su derecho y debemos respetarlo. Supo hacer auténtico ese refrán tan nuestro que dice: “Genio y figura, hasta la sepultura” (y, en este caso, nunca mejor dicho), especialmente cuando se leen algunos de los textos de recuerdo y reconocimiento publicados esta semana. Mi intención hoy no es escribir uno más, pues casi todo está dicho y analizado. Con toda seguridad, no tengo el nivel de conocimiento necesario para decir algo original.

Johan Cruyff ha muerto deprisa, que no corriendo, y sin avisar, pero tampoco de improviso, de la misma manera que vivía el fútbol y entendía la vida, con una sonrisa, un Chupa-Chups en la boca y un cáncer en el pulmón, siempre arrebatador y a veces tan obvio que daban ganas de llevarle la contraria, simplemente para discutir, como cuando contaba que el blanco es un color que solo funciona por oposición, y no se refería necesariamente al Madrid. (…) Y se ha ido en Jueves Santo seguramente porque sabía que el viernes no salen los diarios en Cataluña”. Este párrafo pertenece al maravilloso epitafio periodístico publicado en la edición digital de El País aquel mismo Jueves Santo, firmado desde Barcelona por Ramón Besa, una de las plumas del periodismo deportivo que más valoro. Es una pieza que recomiendo leer con calma, en su totalidad, y con la que doy por bueno lo antedicho sobre mi humilde capacidad. Por eso, voy a limitarme a hacer una reflexión sencilla, sobre aquella idea que me vino repentinamente a la cabeza cuando conocí la noticia de su muerte a través de la web: ¿Fue Cruyff el mejor de todos los grandes futbolistas de la historia?

Fue una sencilla reflexión, en soledad, que deseo compartir ahora. Venía vinculada a esos ranking de los mejores futbolistas de la historia que están en boca de todos los aficionados, que circulan por los Medios de forma recurrente o que están consagrados por la Wikipedia. Recuerdo cuando la FIFA –que concede su balón de oro desde 1991– decidió elegir al Mejor Jugador del Siglo XX, que es como decir el mejor de la historia del fútbol. La votación de la organización oficial de FIFA concedió tal honor al brasileño Pelé (con más del 70% de los sufragios), seguido de los argentinos Di Stéfano y Maradona, del alemán Beckenbauer y del holandés Cruyff, todos ellos a gran distancia del ganador.

El clamor popular no estaba muy de acuerdo con dicha clasificación. Por eso, la propia FIFA decidió hacer posteriormente una nueva votación a través de su web, y abierta a todos los aficionados. En aquella ocasión, los resultados cambiaron. Las votaciones on line siempre las manejan los jóvenes y estos hablaron desde su experiencia más cercana. Su ganador fue Maradona, pues era su astro más rutilante del momento. Le seguían Pelé, el portugués Eusebio, el italiano Roberto Baggio y el brasileño Romario. Todos coetáneos.

Previamente, la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) había hecho también su propio ranking con la opinión y el voto de multitud de especialistas de todo el mundo (entrenadores, futbolistas, periodistas, expertos), que decidieron conceder tan honorífico galardón a Pelé, seguido de Cruyff, Beckenbauer, Di Stéfano y Maradona. Nuestro hombre de hoy se había encaramado hasta el segundo lugar para quienes votaron menos con el corazón y un poco más con la cabeza.

Y, por supuesto, también están las clasificaciones que realizamos todos y cada uno de los aficionados, valorando aspectos quizá menos objetivos y seguramente también menos vinculados al contexto histórico. Porque, en las tertulias de bar, cuando discutimos sobre los mejores, salen hoy otros nombres más actuales, como los de Zinedine Zidane y Ronaldo Nazario de Lima; o los de o Ronaldinho, Xavi Hernández, Leo Messi o Cristiano Ronaldo. Sin duda, nombres como estos cuentan con todo el derecho a estar en esa lista corta de los jugadores históricos; pero –como en el caso de los cuatro últimos citados- todavía tendrán que esperar un poco, porque son jóvenes, están en activo y deberán demostrar que son muy capaces de ganar aún nuevos títulos y merecimientos.

De lo que no cabe la menor duda es de que, hoy por hoy, en la mente del aficionado de a pie existe bastante coincidencia en los cinco primeros nombres: Pelé, Di Stéfano, Maradona, Cruyff y Zidane. ¿Quién ha sido el mejor, de verdad, de todos ellos? Por supuesto, no tengo una respuesta certera… sólo tengo una opinión. Creo que los cinco vienen arropados por haber sido grandes jugadores, virgueros del balón, líderes en el campo, carismáticos fuera de él (más o menos)  y poseedores de unas condiciones naturales como grandes futbolistas. Pienso que, con sus naturales diferencias, esas podrían ser características comunes a todos ellos.

Sin embargo, hay otros aspectos –que vienen al pelo en este blog– que sí los diferencian, y mucho. Al menos, eso creo. Hablo de los intangibles, que tanto influyen en el juego; hablo del intelecto, de las ideas, de la estructura mental de los jugadores, que también acaba siendo tan definitivamente influyente en los resultados y en balance de una carrera. Reconozco en todos esos campeones, por supuesto, una inteligencia natural; pero no tanto una estructura mental bien formada, educada, madura… coherente, en suma.

A mi modo de ver, son las cualidades y variables del intelecto las que nos permiten llegar más lejos, construir, evolucionar… Miremos lo que ha sido la vida de todos esos jugadores cuando abandonaron el juego activo. Quizá ninguno ha sabido trascender lo suficiente, mantenerse en el éxito deportivo. Salvo Cruyff. Algunos fueron entrenadores -Di Stefano y Maradona- pero con poco éxito o lo están siendo ahora (caso de Zidane). Salvo Cruyff, que llevó al Ajax a ganar tres copas de Europa y plasmador del concepto de aquel fútbol total de la ‘naranja mecánica’, inventado por su maestro Rinus Michels. A muchos les costaba explicarse, hablar con un poco de lucidez y coherencia, demostrar que en el seno de su éxito deportivo anidaba una teoría del juego, más allá de unas meras cualidades innatas con el balón. Salvo Cruyff, auténtico autor de aquel histórico ‘Dream Team’ que es la base del éxito del Barça de hoy. Hablamos de un hombre que, en suma, cambió el curso de la historia de los clubes donde jugó.

Guardiola, uno de sus pupilos más aventajados, heredero directo de su concepto del fútbol, se apresuró a decir tras conocer la muerte de su maestro que Cruyff le había enseñado la gramática futbolística: “Yo no sabía nada de fútbol hasta que lo conocí; con Johan sentías que era posible dominar el juego (…) Había muchas cosas que desconocía y él nos descubrió este mundo; un mundo fascinante, una película, un juego constante. Todo esto lo interiorizamos”. Por todas estas cosas, y por muchas más, creo que con Cruyff  se nos ha ido el mejor entre los mejores.

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