De todos es bien conocida la gesta del Atlético de Madrid, que el pasado sábado conquistó la Liga en el Camp Nou, tras empatar (1-1) con el Barcelona, que también tenía el campeonato en su punto de mira. El partido no se le pudo poner peor a los rojiblancos, pues no habían transcurrido veinte minutos y ya habían perdido por lesiones a dos de sus mejores jugadores: Diego Costa y Arda Turam. A pesar de tan serio contratiempo, el equipo rojiblanco no le perdió la cara al partido, ni su fe, y fue capaz de dominar el juego.

Por supuesto, el hecho de que el Atleti no contara a principios de temporada como candidato a este título, no me pasa inadvertido. No voy a hacer aquí una crítica futbolística de la ‘final’ (que era un partido de liga), ni un análisis del juego (se encargan otros)… Simplemente, quiero reflexionar por qué se ha podido producir esa gesta, a la luz de ciertos valores intangibles que ahora definen con más nitidez –o eso creo– el momento del Atleti.

Siempre he pensado que los auténticos valores de un club son los que están en sus genes, en su historia. Y que esos valores, si han llegado a ser auténticos, es porque siempre han aflorado cuando se les esperaba. Nos hemos pasado toda la temporada hablando del entrenador del equipo, Diego Pablo Simeone, haciendo ciertas ironías –si no ‘chuflas’– sobre su “partido a partido”, “nosotros no somos los favoritos” o “ya veremos al final de temporada”. Es cierto que esa estrategia (más que filosofía propiamente dicha), ayuda mucho a los jugadores, pues les quita presión. Debajo de esos tópicos basados en el sentido común (¿se puede competir de otra forma que no sea partido a partido?), el éxito del Atlético se basa en unos pocos factores, que voy a tratar de desgranar, aunque sea por encima.

Tanto directiva, como equipo, entrenador y aficionados han sabido demostrar que conocen perfectamente cuál es su lugar en el mundo [el del fútbol, claro], gracias a lo cual han sabido no crearse expectativas falsas y gestionar al máximo sus posibilidades. Esto no es nuevo, está en el ADN del Club, y en el sentimiento de los atléticos, como lo demuestra el himno del centenario compuesto por Joaquín Sabina y con música de Pancho Varona, que me parece un monumento a la conexión emocional de un equipo con su afición. Ese himno nos acompañará por este blog, como elemento aglutinador y de conexión. Y empecemos por el principio:

Aquí me pongo a contar, motivos de un sentimiento que no se puede explicar…”

Simeone le quita importancia a su liderazgo. Siempre lo hace, como se puede ver en la última gran entrevista concedida a la revista Jot Down, titulada: “O me sigues, o no me sigues; el liderazgo no se puede explicar”. Recomiendo encarecidamente leerla a toda persona que desee conocer al personaje por dentro.

Discrepo del Cholo en que el liderazgo no se puede explicar. ¡Ya lo creo que sí se puede! Pero esa es otra estrategia suya, pues lo que él desea es no actuar como un ‘entrenador estrella’, que acapare los titulares. Sabe que si le quitara el protagonismo a sus jugadores, el día a día sería mucho más complejo y enrarecido, el ambiente se llenaría de ‘polución mediática’ y el objetivo final (el éxito deportivo) quedaría mucho más lejos. A mi modo de ver, él es ante todo un estratega, que tiene clara la visión y define una misión que le permita alcanzar sus objetivos. Mi buen amigo Juan Pedro Molina, colchonero confeso, acaba de publicar en su blog de Comunicación Corporativa –con el rigor del buen profesor universitario– un análisis sobre por qué Simeone sí es un líder carismático. Y trata de explicarlo de forma sencilla.

“Para entender lo que pasa, hay que haber llorado dentro
 del Calderón, que es mi casa. O del Metropolitano, 
donde lloraba mi abuelo con mi papá de la mano.”

Las crónicas deportivas se llenan estos días de merecidos elogios a un equipo que ha conseguido de nuevo la liga, 18 años después; que cuenta con un presupuesto cinco veces menor que el de sus dos directos rivales; o que no llega al millón de seguidores en Twitter, cuando Cristiano Ronaldo supera él solo los 30 millones… Sin embargo, el entrenador ha sabido confeccionar un grupo de hombres y no solo de nombres, como destaca Orfeo Suárez en El Mundo. Hombres que, tras el ejercicio sistemático y muy sano de una ‘ética del esfuerzo’, se ven recompensados con una nueva manera de ganar… y de gozar.

“Qué manera de aguantar, 
qué manera de crecer, 
qué manera de sentir,
 qué manera de soñar, qué manera de aprender,
 qué manera de sufrir, 
qué manera de palmar, qué manera de vencer,
 qué manera de vivir…”

Tras este partido, que sin duda está ya en los anales de la historia rojiblanca, mucho habrá que pensar también en otras consecuencias. Porque simbolizará como ningún otro la ‘puntilla’ a todo un ciclo triunfante del mejor Barça de la historia. Hay quien no ve el límite y están pensando en que estos ‘galácticos de la fe’, como los bautiza El País, han salido a hombros de la liga sublimando el principio obamiano del “sí, se puede” y demostrando que, partido a partido, se puede llegar hasta la victoria final. Impagable esta lección para otros dirigentes miopes que únicamente ven lo que se puede comprar con dinero.

“No me preguntes por qué
 los colores rojiblancos
 van con mi forma de ser. Ni merengues ni marrones, a mí me gustan las rayas, canallas de los colchones. Mira si soy colchonero
 que paso por Concha Espina 
como pasa un forastero.”

¿Y qué decir de la afición? Pues que se merece como nadie lo que les está pasando días. Y que -no podría ser de otra manera- lo está disfrutando de lo lindo. Parafraseando a su capitán Gabi, los fans atléticos corean: “Siempre hemos creído”.

He felicitado a la media docena de buenos amigos colchoneros y todos estaban felices. “Estoy en Neptuno. Pensé que nunca volvería por aquí”, me dijo uno. “Las victorias así saben distintas… ¡saben mejor!”, me dijo otro. “Ha sido emocionantísimo”, responde un tercero. “A disfrutar de este fantástico domingo, que además es el cumple de mi hijo pequeño; y, con tan solo 13 años, ya es campeón de liga”, rezaba el cuarto comentario…

¡Qué hermosa euforia colectiva!, pensé, poniéndola en contraste con la sonora pitada que los culés le habían regalado a su equipo en el Camp Nou o con la ‘depre’ de la afición del Real Madrid, que ayer abandonó a su suerte al equipo en su último partido en el Bernabéu (ganó 3-1 al Español), dejando las gradas semi desiertas. Álvaro Morata marcó, por fin, dos goles y no los celebró. Un hecho significativo.

Veremos lo que pasa en la final de la Champions de Lisboa, el próximo día 24. Pero me temo que los mejores ánimos colectivos (y hablo de otro de los grandes intangibles del deporte) pasean en barca estos días por la ribera del Manzanares.

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