Hace apenas dos sábados, la tenista hispano-venezolana Garbiñe Muguruza –nuestra Garbiñe, a secas– conquistó el torneo de Wimbledon, para muchos el más prestigioso del mundo, incluso por delante del de Roland Garros que se celebra en París. Y se ve así precisamente por la dificultad añadida que representa jugar en hierba, frente a la tierra batida que está mucho más en nuestra tradición tenística. Como podemos imaginar, esa victoria levantó todo un terremoto de felicitaciones, parabienes y elogios hacia nuestra campeona, que ya había conquistado la gloria en Francia, allá por 2016.

No seré yo quien ose quitar a Garbiñe el más mínimo ápice de mérito por su flamante título, puesto que además se lo ganó de forma indiscutible nada menos que a la mayor de las hermanas Williams, Venus, quien reconoció con verdadero fairplay la superioridad de la española. Una final ganada con un tenis de contrastada calidad, como venía demostrando en las eliminatorias previas; un tenis que no deja lugar a la duda: estamos ante una gran tenista, a la que sin embargo aún le queda dar un salto de madurez personal para no ser tan irregular como viene siéndolo hasta ahora. Para quienes seguimos su trayectoria, y me consta que somos muchos, sigue siendo un misterio insondable que Garbiñe sea capaz de protagonizar las mayores gestas (como en Wimbledon) o las derrotas más insulsas, a las primeras de cambio, en cualquier torneo menor.

¿Qué le pasa, por tanto, a Garbiñe? Porque, de verdad, no soy el único que se hace esa pregunta… Recuerdo, y traigo aquí, el artículo publicado por Toni Nadal en El País el 15 de julio, es decir el mismo día de la final contra Venus. Lo titulaba Creo no equivocarme esta vez  en el que destacaba que “Con Garbiñe, estamos ante una de las grandes de este deporte. Será la número uno mundial”, recordando que “Garbiñe ganó su primer Roland Garros al cabo de unos meses y nos permitió tomar una consciencia real de la magnitud que puede alcanzar su carrera deportiva. Con la predicción del número uno, sin embargo, me equivoqué”.

Toni Nadal, para muchos (y para mí también) uno de los mejores entrenadores y descubridores de talento tenístico sobre la faz de la tierra, se plantea en el artículo qué es lo que le pasa a Garbiñe: “Desde esa victoria en París hasta el día de hoy la hemos visto sufrir ciertos altibajos. Ha combinado buenas victorias con extrañas derrotas, hasta el punto de bajar de la tercera posición hasta la decimoquinta. Es evidente que le ha faltado regularidad y que no ha logrado estabilizar el altísimo nivel al que es capaz de jugar”.

¿En dónde radican entonces los puntos débiles de Garbiñe? ¿Es todo una cuestión de su mente? Marca publicaba en la víspera de aquella final una información con declaraciones de la propia jugadora que vendría a abundar en esa idea: “Tengo que pensar que quiero ganar y creérmelo”. Aparentemente, se trata de una reflexión simple, que aquel día se tradujo en éxito, pero que sin embargo parece encerrar una inmadurez profunda cuando de una campeona se trata. “Estoy bien y me siento bien, aunque ha ido todo muy rápido en estas dos semanas. La primera vez, recuerdo, estaba demasiado concentrada y no pude disfrutar (…). Creo que las dos tenemos las mismas oportunidades ahora mismo. Pero es cierto que me veo con más posibilidades ahora que hace cinco días”. Muguruza, que tiene solo 23 años, indicó que el hecho de haber perdido la final de Wimbledon 2015 -precisamente ante Serena Williams, hermana de Venus- le ayudaría en el duelo de mañana. “Mañana quiero disfrutar y voy a intentar cambiar cosas“.

A mi modo de ver, de aquellas palabras se podían sacar varias conclusiones ‘groseras’. La primera es que, según parece, Garbiñe no siempre disfruta de lo que hace: jugar al tenis; la segunda, que se trata de una campeona que no tiene en su mente la idea fija de ganar siempre cuando compite (en eso, ¡vaya diferencia con Rafael Nadal!); y, la tercera, que no cree demasiado en sus posibilidades… Panorama preocupante, incluso algo desalentador.

Traeré a colación otro artículo de mi admirado Gonzalo Cabeza en El Confidencial, titulado La singular mente de Garbiñe: talante desatado para ganar Wimbledon. Otro análisis premonitorio, publicado igualmente el 14 de julio con un primer párrafo altamente significativo: “Entender a Garbiñe Muguruza es un deporte en sí mismo. La tenista se escapa a la lógica deportiva más básica, esa que dice que los buenos jugadores lo son siempre y que pueden ganar o perder, pero no mutar en menudencias”.

No puedo estar más de acuerdo con el autor y, especialmente, cuando se pregunta por qué una deportista campeona se empeña tantas veces en no parecerlo: Porque no es regular, a veces peca incluso de un aparente desinterés, como si realmente no estuviese preocupada de sus apagones en torneos menores. Todo en Garbiñe es bifronte, porque esa irregularidad a veces esconde otro apunte: ¿es realmente tan importante en el tenis ser constante cada semana?”.

Yo creo que, si Garbiñe se empeña en llegar a ser la número uno mundial, desde luego que sí es importante ser constante cada semana… y cada día, y cada hora del día. Ser número uno implica esa servidumbre y… también alguna que otra más. Pero es que eso tampoco quedó claro en algunas de las múltiples entrevistas publicadas con ella después de ganar en Londres: “El número uno? Prefiero tener trofeos de los grandes en casa”, titulaba AS el lunes siguiente. En la entrevista, Garbiñe explicaba que entre sus ambiciones no está, a día de hoy, eso de ser ‘la mejor tenista española de todos los tiempos, por delante de Arancha y de Conchita, los dos grandes referentes de nuestro tenis femenino… y no lo está, creo yo, porque no debemos olvidar que Garbiñe tiene ¡solo 23 años! y que, dado su carácter, su proceso de maduración personal igual lleva un ritmo un poco más lento. “De momento, tengo tiempo por delante”, respondía ella sin renunciar a semejante objetivo. “Quiero seguir por ese camino y me encantaría superarlas, porque sería una buena señal”.

Insistía Gonzalo en su artículo, sin embargo, en que ser primera en el ranking mundial “es un objetivo en sí mismo, algo que sin consistencia es una quimera. Y eso que ahora, ausente Serena, el campo está más abierto que nunca. Muguruza tendrá difícil alcanzar ese objetivo si no logra que su tenis se imponga a sus desconexiones”. Pues bien, para eso Garbiñe parece manejar también un tempo diferente: “Todo el mundo me lo dice [que puede llegar a ser la número uno], pero yo lo que quiero es ir al próximo torneo y ganarlo; eso hará que yo sea la mejor tarde o temprano. Pero quiero levantar trofeos, más que fijarme en si ahora soy la número cinco. Quiero tener trofeos de los grandes en mi casa”.

No sé si es su propia y genuina forma de ver la ambición, o es que su entrenador Sam Sunyk es de la escuela del Cholo Simeone y prefiere ir con ella ‘partido a partido’. Una filosofía más vieja que la tana pero que siempre ha dado magníficos resultados, no lo olvidemos. Y tengo para mí que ese va a ser el verdadero punto de inflexión en la carrera deportiva de Garbiñe Muguruza, una mujer que lo tiene todo (técnica, presencia, buena imagen, sonrisa cautivadora, reclamo para las marcas, etc.) si desea lograr mucho más que alzarse al cajón de la número uno: llegar a ser una gran dama del tenis. Pero para llegar a serlo también hay que creérselo… y quererlo.

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