Intangibles y deporte

Un blog de Carlos Agrasar

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¿Por qué no hay hooligans en las grandes ligas deportivas de Estados Unidos?

¿Cómo es posible que el país con la mayor tasa de homicidios del mundo occidental no tenga movimientos ultras que pululen por sus estadios? La respuesta tiene su origen en las bases y en la forma en cómo se vive, se financia y se entiende el deporte en los EE.UU.

En marzo de 2015, en un partido entre Washington Capitals y Philadelphia Flyers de la Liga profesional de Hockey (NHL) Tom Wilson y Luke Schenn se enzarzaron en una pelea que ocasionó una tangana histórica. Puños, sticks y codos volaron más que el disco aquel 5 de marzo. Media hora después del partido la página hockeyfights.com dio como vencedor de la refriega a Luke Schenn, con el 76% del voto popular. Había ganado por primera vez un duelo a hostia limpia. Muy lejos de las 19 peleas que aquel 2015 coronó al rocoso Cody McLeod como el mejor ‘mamporrero’ de la NHL.

Tras el partido los aficionados (familias completas con niños y abuelos) se fueron entusiasmados: “Ha sido un espectáculo maravilloso”. Ningún incidente más. Si pasa esto en el Kıtalar Arası Derbi —derbi turco entre Fenerbahçe y el Galatasaray— hay varios muertos en la calle seguro. En Estados Unidos todo es susceptible de ser un espectáculo que se puede rentabilizar y la violencia cotiza muy bien. Las peleas institucionalizadas y reguladas de la NHL son una forma de darle al público hambriento lo que quiere, y funcionan estupendamente. Tan bien como la teatralización del Pressing Catch que lleva más de 50 años vendiendo hostias falsas a precio de saldo. Una forma de legitimar la violencia que, entre otras cosas, amansa al espectador.

Hay violencia (fingida y real) dentro y fuera del deporte americano… y mucha. Los actos vandálicos, la violencia alcoholizada o las reyertas callejeras entre aficionados son normales en las celebraciones de los equipos en las grandes ligas o incluso en los torneos universitarios. Violencia asociada a la masa aborregada de una sociedad educada en la Segunda Enmienda. Basta recordar los ‘Lakers riots’ de 2010 u otros once históricos disturbios ocasionados por acontecimientos deportivos.

(…)

La movilidad y el arraigo

En Europa el arraigo a las ciudades es tradicionalmente mucho mayor. Los grandes equipos históricos nacen en torno a ese arraigo y el sentimiento de lealtad hacia tu ciudad. En Estados Unidos el sentimiento patriota se alimenta más de la nación que del Estado o de la ciudad y, por ende, de tu equipo. La movilidad interestatal y generacional allí es mucho mayor, sobre todo en toda la Costa Este. Es muy probable que si vives en Nueva York tus padres pertenezcan a otra ciudad y el lazo generacional con tu ciudad (y con tu equipo) sea menor que el de un ciudadano de Madrid, Milán o Nápoles. Todo ello influye a la hora de vivir el deporte y disfrutar de tu equipo como disfrutas de una ciudad que te ha adoptado. El lazo es puramente recreativo, y se nota.

En Estados Unidos es normal cambiarte de equipo solo por cambiar tu residencia, cuando vas a estudiar o trabajar a otra ciudad. En Europa esto sería un sacrilegio. Las raíces culturales y la forma de ver el fútbol, por ejemplo, convierten en una especie de religión a la que uno pertenece por nacimiento, no por diversión…  y quien pertenece a una religión es siempre capaz de hacer locuras por ella.

De la noticia publicada en VozPópuli (25.04.17), firmada por Pepo Jiménez.

Se puede leer completa en: http://www.vozpopuli.com/memesis/hooligans-EstadosUnidos-GrandesLigas_0_1020199078.html

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