Hace unos días Budapest renunció a organizar los Juegos Olímpicos de 2024, decisión que llamó la atención en todo el mundo, porque es la tercera de las cinco ciudades finalistas (después de Hamburgo y de Roma) que tira la toalla. En los tres casos, la decisión de retirarse de la carrera tiene que ver con el sentir popular o la negativa de las autoridades municipales, que ven difícil afrontar los costes del megaproyecto. Es una consecuencia de la crisis económica, claro, pero hay otras razones en las cuales merece la pena detenerse y reflexionar…

Tras la renuncia de la capital de Hungría, sólo quedan ya dos candidatas: París y Los Ángeles. Ahora, la concesión final será a un partido único entre parisinos y angelinos, cuyos proyectos parecen sólidos. Seguro que la decisión final garantizará en todo caso una buena organización de los juegos, pero muy lejos quedan aquellos tiempos en los que se postulaban más de diez candidatos. ¿Acaso ha dejado de ser un buen negocio organizar unos Juegos Olímpicos?

La ciudad alemana de Hamburgo fue la primera candidata en retirarse. Sus regidores decidieron someter la opción a referéndum, ya en la fase inicial, por sus dudas sobre los costes económicos, las consecuencias medioambientales y (sobre todo) por el miedo al terrorismo internacional. La consulta se celebró el 29 de noviembre de 2015 y el 51,7% de los votantes optaron por el ‘no’; un resultado ajustado (como suele suceder con frecuencia) pero que, en todo caso, suponía el abandono de la carrera olímpica. El alcalde de Hamburgo, Olaf Scholz, mostró su pesar durante el anuncio oficial, asegurando que “El senado y el gobierno municipal hubiéramos preferido otro resultado”. Es el riesgo que se corre cuando se le pregunta al pueblo.

El caso de Roma fue diferente al de Hamburgo. Su renuncia –en septiembre pasado– tuvo un marcado cariz político y económico, con una protagonista principal: Virginia Raggi, recién nombrada alcaldesa de la ciudad (la primera mujer en este cargo). Raggi, del Movimiento 5 Estrellas, ya había denunciado posibles casos de corrupción durante la formación de la candidatura… pero tras tomar el bastón de mando municipal fue categórica en su argumentario: “En una ciudad que tiene 13 mil millones de euros de deuda no nos podemos permitir el lujo de endeudarnos construyendo catedrales en el desierto. Los Juegos Olímpicos del deporte parecen los Juegos Olímpicos del ladrillo. Y si tenemos que hablar de deporte, deberíamos centrar el esfuerzo en las 160 instalaciones municipales deportivas que están cayendo a pedazos por falta de mantenimiento”.

En cuanto a Budapest, la clave parece más fácil de entender. Un movimiento popular denominado Momentum recogió más de 260.000 firmas solicitando un referéndum al respecto. Y las autoridades de la ciudad, así como las del Gobierno central húngaro, entendieron que –dada la exigua posibilidad de ganar a Los Ángeles o a París– lo mejor era renunciar a la candidatura… e incluso a convocar la propia consulta. Al parecer la decisión final se tomó en una reunión con el jefe del Gobierno de la nación, Viktor Orban.

Por ahora, el Comité Olímpico internacional no parece preocupado ante esta tendencia. Sus responsables consideran que no se trata de un problema global y encuentran explicaciones más o menos lógicas a cada una de las tres ‘deserciones’ descritas; pero lo cierto es que las ciudades candidatas parecen menos dispuestas cada día a cumplir con las crecientes exigencias de todo tipo que el COI les hace; tampoco encuentran la ‘piedra filosofal’ para cubrir los altos presupuestos económicos que implican y, en consecuencia, no suelen contar con el imprescindible apoyo social o político (de las otras administraciones públicas) a sus proyectos olímpicos respectivos.

Por tanto, el 13 de septiembre próximo los responsables del movimiento olímpico se verán obligados a elegir en Lima (Perú) únicamente entre dos ciudades que, por cierto, ya han sido organizadoras de los juegos en dos ocasiones cada una: París (1.900 y 1.924) y Los Ángeles (1.932 y 1.984). Y llegado este punto, me hago una pregunta: ¿Dónde queda esa preocupación institucional del COI por dar oportunidades a ciudades que nunca los hayan organizado? Y me acuerdo en concreto de Múnich (que renunció a los juegos de invierno de 2022) o de Madrid, que lo ha intentado sin éxito hasta en tres ocasiones.

No me cabe la menor duda de que el COI va a tener que reflexionar mucho (y a fondo), cuando se plantee la elección de próximas candidaturas. Por un lado, las experiencias de Atenas y Río de Janeiro, que no han sido muy buenas al menos desde la perspectiva económica. Algunas instalaciones de Río aparecen hoy totalmente abandonadas, pues nadie las usa y no están sirviendo para fomentar la práctica de deportes, como suele ser el objetivo. Y tampoco parece que la villa olímpica tenga un uso social claro.

Además, el COI no puede hacer oídos sordos a la evolución del mundo, con sus nuevas necesidades) y se ve obligado a plantear a las ciudades candidatas unas exigencias más duras cada día, especialmente en los terrenos de la solvencia y garantías económicas, seguridad de las personas e instalaciones, movilidad, corrupción o derechos humanos. Demasiadas exigencias para las ciudades que no estén previamente consolidadas.

Tras la renuncia de la ciudad de Budapest, el presidente del Comité Olímpico Español (COE), Alejandro Blanco se mostró comprensivo al respecto (“Tú no puedes montar una candidatura si no cuentas con el apoyo social”), mientras se lamentaba de que ‘el gran pecado’ de la candidatura de Madrid había sido el de adelantarse a los tiempos: “Nosotros hicimos una candidatura austera, realista, con el 70% de las instalaciones ya construidas… Nuestra tragedia fue que la presentamos por última vez el 7 de septiembre de 2013…”.

¿Qué quería decir Alejandro Blanco con esa enigmática frase? Pues que al año siguiente, en 2014, el entonces recién elegido nuevo presidente del COI, Thomas Bach, decidió optar por la ‘Agenda 20+20’, que venía a coincidir con muchos de los planteamientos formulados previamente por las candidaturas de Madrid: “A raíz de esa modernización, Tokio 2020 anunció que reduciría su presupuesto en la construcción del estadio olímpico, que usarían instalaciones de los Juegos del 64 y eso fue aplaudido por todo el país. Al final lo que propuso Madrid ha sido copiado. Nosotros hicimos los Juegos del futuro adaptándonos a la realidad social del país”.

Dicho todo lo cual, quizá Madrid podría tener algún día otra oportunidad de volver a presentarse o de ser considerada como ciudad adecuada para albergar el evento:

“Nosotros tenemos todo preparado para acoger unos Juegos Olímpicos. Sería cuestión de ponerse de acuerdo. Hemos demostrado que teníamos razón en nuestros postulados de los últimos años”, asegura Blanco. Pero soslaya un importante detalle: el gobierno municipal actual (PSOE+Podemos) no es aquel del PP que fue capaz de concitar el necesario consenso. Este gobierno se ha cargado –entre otros y por ahora– varios proyectos de importancia estratégica para la ciudad de Madrid: operación Chamartín, Operación Campamento, Edificio España… ¿Qué sorpresa no nos darían nuestros gobernantes locales si mañana tuvieran que decidir sobre unos JJ.OO.?

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