Ayer vivimos una nueva final entre Rafael Nadal y Roger Federer. Fue la del Masters de Shanghái, cuya superficie de pista dicen que es una de las más rápidas del circuito mundial y, por tanto, una de las que más pueden perjudicar, a priori, a nuestro gran Rafa. Me encantó seguirla en directo por TV, a pesar de que el suizo se llevó el partido de forma clara, pues supo manejarlo en todo momento como él deseaba. Roger y Rafa son rivales eternos pero, fundamentalmente y por encima de todo, son grandes amigos. Cuando vi al suizo levantar sus brazos al aire por la victoria, se me vinieron a la mente unas recientes declaraciones suyas: “Nadal me ha hecho mejor jugador, me obliga a mejorar en mi juego”. Me parecieron reflexiones fascinantes, por todo lo que encerraban.

E, inmediatamente, también me vino a la cabeza otra de las grandes rivalidades del deporte que estos días se encuentra en plena efervescencia: la de Cristiano Ronaldo y Leo Messi por ser el mejor jugador del planeta fútbol. Ambos se clasificaron in extremis, la semana pasada, para disputar con sus selecciones el Mundial de Rusia 2018. Ninguno de los dos tiene aún ese título, que mucha gente considera imprescindible para poder entrar en el olimpo de los dioses al que solo pertenecen de forma incontestable cinco ídolos: Pelé, Di Stéfano, Maradona, Cruyff y Zidane. Cristiano y Messi, en activo, aún tienen mucho que decir con su fútbol y tendremos que esperar a ver lo que demuestran (sin olvidar, además, que el fútbol es deporte colectivo).

En el tenis al menos recuerdo un par de rivalidades como la de Nadal y Féderer, salvando todas los matices que se nos puedan ocurrir, especialmente los que tienen que ver con el  tiempo, que marcaron sendas épocas: la de André Agassi contra Pete Sampras; o la de John McEnroe contra el sueco Björn Borg. En ambos casos, por ser el tenis un deporte individual, de choque directo, fueron rivalidades entre estilos de tenis bien diferentes, marcados por la personalidad de cada uno de sus protagonistas.

Nadie puede olvidar aquellas grandes finales, en los años 90, entre Sampras y Agassi. Fueron cinco y cuatro de ellas se las llevó Sampras que, en total, conquistó 14 torneos de Grand Slam, por los 8 de su oponente. Por su parte, la rivalidad entre McEnroe y Borg tenía mucho más que ver con sus estilos. El del enfant terrible del tenis norteamericano, basado en un saque superlativo y en una volea irresistible, que hacía hincar la rodilla a cualquier adversario; frente al del sueco, maestro de juego desde el fondo de la pista, que llegaba a agotar a cualquier rival con un juego tan preciso como aburrido. Ambos protagonizaron 14 duelos directos, con un balance que no puede hablar mejor de su rivalidad: siete para cada uno. Aunque McEnroe llegó a alcanzar más títulos grandes que el sueco.

No me alcanza la memoria, sin embargo, para recordar si entre ellos –más allá del respeto deportivo o del necesario fairplay– llegó a existir también una admiración mutua, como la que se da entre Rafa y Roger. Federer ha ganado ya 17 títulos de Grand Slam, mientras que Nadal acumula 14 en su museo particular. Hubo una etapa en la que Federer veía a Nadal como su auténtica ‘bestia negra’, pues apenas podía ganarle un solo partido; y le recuerdo reconociendo (mientras lloraba), cómo ese buen amigo suyo le frustraba y estaba arruinándole la vida. Roger, más preciso en el juego que los relojes que se fabrican en su país, supo evolucionar, se esforzó para perfeccionar su juego y ha sabido tomar algunas decisiones inteligentes (como, por ejemplo, dejar de jugar en tierra batida, donde Nadal es indiscutiblemente el mejor), para auparse de nuevo al podio de los ganadores. Nadal, por su parte, trabajó denodadamente para dejar atrás varias lesiones que hacían temer incluso que pudiera volver a jugar (ayer lo hizo con un estabilizador rotuliano en su pierna derecha), y ha sabido regresar a lo más alto del cajón… aunque Roger le persigue de cerca (actualmente es el nº 2 de la ATP); este año, con la de ayer, han disputado ya cinco finales y todas las ha ganado el suizo. Ahora ya solo les distancian 1690 puntos en esa clasificación, a falta de tres torneos en este año (el último, el Maestros, en Londres).

Pero lo que más me interesó de todo lo acontecido ayer, por supuesto al margen del tenis visto (lo más importante), fueron las explicaciones de Nadal tras la victoria de Federer: “Lo que ha pasado es que él ha jugado muy bien y apenas ha cometido errores no forzados”. Ya está, así de simple, sin paños calientes; cuando el rival no te ha dado ni una oportunidad de break en todo el partido, lo mejor es no buscar excusas a tu derrota.

Y traigo este argumento a colación porque en el fútbol no suelen suceder las cosas así. Me parece que hay demasiados intereses, no solo personales de los propios jugadores sino también colectivos (fundamentalmente de los clubes, de las ciudades… o de los países). Y eso es lo que estamos viendo a todas horas, ya desde hace bastante tiempo, en la rivalidad entre Cristiano y Messi. Así, tengo para mí que hay pocas formas medianamente rigurosas de establecer cuál de ellos va a la cabeza –o por detrás– en ese ranking imaginario de ‘El mejor jugador del mundo’, un ‘topicazo’ al que todos nos sumamos de una manera u otra. Porque los dos jugadores son incomparables en su juego; porque sus equipos son igualmente bien distintos y, porque al tratarse de un título ‘intangible’, todo acaba dependiendo de la emocionalidad con la que cada uno juzga esta cuestión.

Siendo las cosas así, tampoco el número de títulos colectivos (los de sus equipos) o el de títulos individuales (balón de oro, bota de oro, the best, trofeo Pichichi… y demás) sirven en sentido estricto para premiar actuaciones individuales, porque en su concesión pesa demasiado la calidad de las plantillas que acompañan a los protagonistas. ¿Quién nos asegura que ellos son los mejores y no otros jugadores, que no ganan nada porque sus equipos a lo peor no son tan competitivos? Pero es lo que hay y pongo un ejemplo: Messi ha ganado en 5 ocasiones el balón de oro, durante aquella época de esplendor del segundo ‘dream team’ del Barça. Cristiano ha ganado 4 y muchos piensan que le empatará este año, tras haber ganado Liga y Champions con el Madrid y la Eurocopa con Portugal.

También en esta edición el premio al mejor futbolista de la temporada volverá a tener como principales aspirantes a Messi y Ronaldo, en una puja en la que no obstante son los futbolistas franceses quienes lideran -con cuatro jugadores- la lista de los 30 candidatos. Sin embargo, y ahí radica alguna clave de rivalidad a la que me refiero, el Real Madrid es a su vez el club que más jugadores tiene elegidos (7).

Para que esta rivalidad tuviera una esencia de juego limpio, de fairplay ejemplar, debería haber menos intereses alrededor de ella. Pero no es así. Ser el mejor jugador del mundo implica tener los mejores contratos de imagen, a pesar de que esa imagen deje mucho que desear en ciertos momentos o circunstancias. Siempre he pensado que sobre la marca personal CR7 pesan unos cuantos intangibles aún muy poco pulidos; o que la de Messi, más allá de su estricta e indiscutible calidad como futbolista, resulta claramente deficiente, al menos en muchas de las parcelas comunicativas que debería saber manejar un ídolo de masas.

Además, ¿sabemos si existe alguna relación personal entre ellos, más allá de su comparecencia conjunta en la gala anual del Balón de Oro? Personalmente, me encantaría que la hubiera, que fuera buena, y que se proyectara al mundo exterior como ejemplo a seguir. Pero lamentablemente, eso no sucede. Y quizá, por ello, este asunto debería ser un interesante motivo de análisis en otro post.

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