La historia ha querido que el Rey Juan Carlos I y la Selección Española de Fútbol hayan quedado indisolublemente ligados por una fecha: la del 18 de junio de 2014, porque fue el día en el que abdicaron de sus respectivas coronas. Ambas abdicaciones guardan algunas otras coincidencias, como por ejemplo un mal estado físico de los protagonistas o  la necesidad de ir dando paso a las nuevas generaciones.

Sin embargo, ambos hechos se diferencian en aspectos esenciales. La abdicación del Rey Juan Carlos I en su hijo Felipe VI respondía a una estrategia bien diseñada y muy oportunamente aplicada; mientras, la de Maracaná se produjo en clave de ‘tragedia griega’, tras la cual sus protagonistas –lo mismo que Boabdil cuando entregó Granada a los Reyes Católicos- lloraron como principiantes lo que no supieron defender como campeones.

Lo primero que me choca es comprobar que los protagonistas de la debacle de Maracaná sigan sin saber, 48 horas después, por qué se han ido de Brasil a las primeras de cambio.  Preocupante, salvo que sí lo sepan y no nos lo quieran decir. Hay muchas preguntas sin respuestas convincentes (todavía). Pero que a nadie le quepa duda de que la sociedad española, tan entregada como siempre (y ahora más dolida que nunca), necesita esas respuestas. No se las deberíamos hurtar.

Creo que al entrenador, que en todo momento ha ponderado la actitud de sus jugadores, y les ha defendido (a mi modo de ver con celo excesivo), le corresponde explicar por qué nuestra selección –la campeona del mundo– no ha jugado bien al fútbol (ni por tierra, ni por mar, ni por aire… a nada). ¿Por qué no corrían sus jugadores? ¿Por qué estaban tan mal preparados físicamente? ¿Por qué no han sabido afrontar los momentos adversos durante los dos partidos? ¿Por qué su mala preparación anímica? ¿Por qué ha estado La Roja tan irreconocible…?

Por el momento, Del Bosque se ha limitado a decir dos cosas: que si alguien le hubiera dicho antes del Mundial que iba a pasar lo que ha pasado, no le hubiera creído; y que no es el momento de hablar de fin de ciclo, ni del futuro, porque habrá tiempo para ello cuando estén de regreso en España. Algo me dice (pura intuición) que el entrenador tiene ya tomada su decisión y que no será fácil que él participe en ese futuro… porque se siente responsable de lo sucedido y no desea ser el juez y verdugo de lo que ha pasado. En fin…

Iker Casillas, el capitán, no ha parado de darse golpes de pecho y pedir perdón al mundo mundial. “Este grupo no se merecía un final así. Estamos dolidos y fastidiados por lo que ha pasado. Pedimos perdón a la gente”. Con todo, esa reflexión no me ha parecido la más importante, sino esta otra: “El compromiso no ha sido el que todos queríamos (…) Todos tenemos que analizarnos sin mirar al compañero. El reproche tiene que ser generalizado, por mí el primero. No podemos echar mierda al compañero (…)  No hemos merecido pasar”.  ¿A qué se refiere cuando dice que el compromiso no ha sido el que todos queríamos? ¿Quién o quiénes no han estado comprometidos? ¿A quién o quiénes habría que echarle la mierda de tan estrepitoso hundimiento? El aficionado necesita saberlo.

En una línea parecida se manifestó Xabi Alonso, otro de los más veteranos del vestuario: “No hemos sabido tener la convicción y el hambre de otras ocasiones (…) Mentalmente no estábamos preparados y en lo físico igual estábamos un poco justos. Y con todo eso estamos en la calle merecidamente”. Pues que nos explique también Xabi, persona noble y sincera,  por qué ha pasado eso. El tolosarra, a diferencia, de sus compañeros sí que ve el final de ciclo: “Está claro que van a cambiar cosas”. No puedo estar más de acuerdo con el jugador en la necesidad de que cambien. Pero estas declaraciones, que coinciden con lo que la mayoría silenciosa piensa en estos momentos, han montado un avispero entre los seleccionados. Algunos de ellos, con razón, piensan que Xabi debería hablar por él mismo o por los que sí han demostrado no tener hambre de gloria ni de victoria; porque los que no han jugado desean que, al menos, se les conceda el beneficio de la duda. Están en su derecho, insisto.

Andrés Iniesta, el auténtico héroe del Mundial de Suráfrica, se mostraba en estado de shock: “Es un mazazo. Hemos estado en lo más alto y ahora estamos en lo más bajo. No es por falta de ambición. Ese no es nuestro problema”. Andrés, debes aclarárselo a los aficionados, porque están deseando saberlo: ¿Entonces, si no hay falta de ambición, cuál ha sido el auténtico problema?

Sergio Ramos, que tras conseguir la Décima con el Real Madrid viajó a Brasil como candidato in pectore al Balón de Oro, ha parecido una caricatura de sí mismo. Nervioso, inseguro, sin su proverbial capacidad de tirar del carro… también siembra cierta duda: “Son días duros, pero a lo largo de estos años estuvimos muy unidos y ahora debemos estarlo todavía más” ¿Es que están desunidos los jugadores? ¿Pasa algo en ese vestuario de La Roja que se nos escapa? ¿Tiene algo que ver con el sospechoso silencio de una parte de la plantilla tras el partido contra Chile? Algo huele a chamusquina en ese vestuario y, lo peor, es que los fuegos suelen dejar rastros irreconocibles.

¿Y ahora qué? Es la gran pregunta del momento. La que nos hacemos todos. Doy por hecho que algunos jugadores de esta generación dorada podrían jugar el lunes (contra Australia) su último partido de un Mundial y, acaso también, tener su última actuación con la Selección. No imagino una salida por la puerta de atrás de jugadores como Villa (el máximo goleador del equipo en toda su historia) o Xavi (el auténtico cerebro de la época dorada). No lo merecen. Del Bosque tendrá con ellos algún gesto honorable, seguro, pero en todo caso quedará deslucido.

Hay una Eurocopa en Francia, en 2016, y para entonces tiene que estar lista la nueva Roja. ‘Lista’ quiere decir estructurada, sincronizada y perfectamente engrasada. Nos viene al pelo, aquí, la frase de moda: Hace falta “una Selección nueva, para un tiempo nuevo”. Dos años parecen mucho tiempo, pero preparar adecuadamente ese relevo generacional bien lo merece. El tiempo pasa rápido. Es preciso tomar decisiones. Y, hoy, mejor que mañana.

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