Vivimos en pretemporada futbolística en la que proliferan los partidos amistosos, esos choques en los que los equipos se juegan poco, pero que colman las ilusiones de los aficionados por la cercanía de una temporada más que tantas alegrías promete. Los aficionados se encuentran como niños con juguete nuevo, esperando que los recién incorporados a sus equipos les den este año grandes alegrías. El viernes pasado se celebró el sorteo de la liga y, quien más quien menos, ya ha echado sus cuentas sobre casi todo…

Por lo tanto, a partir de ahora tendremos ya de qué hablar: de partidos (aunque sean amistosos), de fichajes (aunque por ahora todavía puedan ser rumores sin madurar), de cómo juega cada equipo (muchos tienen nuevo entrenador)… Y, así, los medios ya no tendrán que especular, inventar o contar alguna que otra noticia sin fundamento; ni necesitarán que alguien esté siempre al otro lado del canal, hablando y diciendo lo que seguramente no puede (ni debe decir). Los medios necesitan llenar páginas de contenidos y horas de programación, pero cuando eso no sucede se ponen ‘nerviosos’ (es un decir, claro) y prefieren especular antes que esperar o mirar para otro lado… porque no soportan bien el silencio de sus protagonistas, ni –menos aún- el de sus fuentes.

Sinceramente, creo que este verano no está transcurriendo de forma muy especial. Me evoca a otros muchos, con rumores sobre fichajes, cambios de míster, culebrones interminables, contrataciones sobre la bocina, caras nuevas, lesiones prematuras… es decir, como siempre, aunque las caras cada año puedan ser algo diferentes.

Sin embargo, sí que hay dos aspectos que me parecen preocupantes en relación a lo que está sucediendo y sobre los que me gustaría reflexionar siquiera brevemente. Por un lado, gestos y comportamientos en los procesos de fichajes que no parecen muy ejemplares y que demuestran, al menos en mi opinión, una deriva del orgullo de pertenencia (a los clubes), cada día parece más débil. Tengo claro que el dinero lo puede hoy casi todo -hasta límites discutibles- y que esa es la filosofía imperante. A ella se prestan todos: futbolistas, representantes y los propios clubes (tal vez, lo más preocupante). Me refiero a casos como los de Griezman (que ha toreado al Atlético, con el fin de sacarle más dinero), de Morata (que con tal de ganar más que en el Real Madrid le da igual un club que otro), de Vitolo (el Sevilla se va a querellar contra el Atlético, Las Palmas y Bahía, la agencia representante del jugador) o el de Neymar, que se vende al ‘oro negro’ por una morterada de millones (222 de la cláusula y los más de 50 de comisión para su padre) y se olvida de sus juramentos de fidelidad al Barça. La palabra ya no tiene valor…, ni el sentimiento tampoco.

Todos estos casos son de nuestra liga y renuncio a citar más de otras competiciones porque parece claro que en todos los lados cuecen habas. Me parece que el interés económico no debería eximir de un mínimo fair play en los comportamientos. Me da pena oír al presidente del Barça, Bartomeu, criticando al PSG por querer ‘opar’ a Neymar mediante el pago de su cláusula, cuando él trataba de hacer algo parecido –tan solo unos pocos días antes- con otro jugador del mismo club francés: Verratti. O sea, que el jeque le está pagando con la misma moneda. Muchos seguidores culés, una vez asumida la ‘deserción’ de su ídolo (aunque Piqué trate desesperadamente de evitar la fuga), ya pasan al contraataque pensando en la misma clave económica: con 222 millones frescos, vamos a romper el mercado…

Sí, es posible que así suceda, pero a costa de generar una hiperinflación difícil de sostener con los recursos propios del fútbol. De ese modo, llegan cada día ingentes cantidades de dinero que nada tienen que ver con la mera actividad que llamamos fútbol; dinero  destinado a financiar operaciones cada vez más disparatadas y desorbitadas. De verdad, creo que esa adoración al becerro de oro es la que está provocando una burbuja en el fútbol que acabará estallando más bien pronto que tarde, salvo que alguien tome medidas serias. Y que conste que, por el bien del fútbol, espero equivocarme.

Y la última reflexión tiene que ver con el hecho de que todas estas operaciones se suelen hacer, como dijo en su día Florentino Pérez, “con veraneidad y alevosía”. O sea, entre bastidores, utilizando el símil teatral (el fútbol, en muchos aspectos, es puro teatro). Porque los interesados, muy lejos de practicar una deseable transparencia (en el centro del escenario), siempre ocultan y a veces mienten (sin ningún reparo). Parece lógico. Están tramando y no lo pueden hacer bajo la luz de los focos. Pero lo lamentable es que ese es el momento en el que los medios prefieren especular, confundir o contribuir a un estado general de desinformación, antes que respetar el silencio de terceros.

Es lo que sucede en el caso de Cristiano Ronaldo, que mantiene un silencio de casi mes y medio, desde que salió publicada en el diario portugués A Bola una supuesta afirmación suya en el sentido de que desea dejar el Real Madrid y abandonar España. Quizá tuvo un ‘calentón’ (¿quién no ha tenido un calentón en su vida?) entre compañeros de su selección, provocado por su incómoda coyuntura fiscal. Pero yo pregunto: ¿alguien ha oído al jugador pronunciar semejantes frases? No, desde luego que no, porque él no las ha pronunciado públicamente; sin embargo, se ha montado una bola de nieve de proporciones gigantescas, que amenaza con provocar un auténtico alud.

En este amigable ‘zasca’ que hoy doy a mis colegas de la prensa, deseo recordarles lo que nos dice el abate Dinouart en su libro ‘El arte de callar’: “El primer grado de la sabiduría es saber callar; el segundo es saber hablar poco y moderarse en el discurso; el tercero es saber hablar mucho, sin hablar mal y sin hablar demasiado”. A mis buenos amigos periodistas les pido que respeten de buen grado la sabiduría de quienes prefieren callar; y que aprendan a soportar la levedad de su silencio. Quizá así, algún día cercano, nos lleguen a hablar un poco, con amistosa naturalidad, para ofrecernos buenas e interesantes noticias. En definitiva, es de lo que vivimos los periodistas y de lo que disfrutan los aficionados.

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