Ha terminado el Mundial de Fútbol y quizá sea éste mi último post sobre el magno evento, cuyos prolegómenos estuvieron amenazados por una gran ‘tormenta social’, preñada de protestas ciudadanas por factores políticos económicos, y que finalmente ha concluido en forma de ‘gran depresión nacional’ por razones puramente deportivas. Porque las dos contundentes derrotas de la selección anfitriona en la semifinal (contra Alemania) y en la final de consolación (Holanda) han dejado sumido al país en un estado catatónico que promete perdurar.

Nada que decir sobre los resultados deportivos, pues existe la sensación generalizada de que ha ganado Alemania porque es la selección que mejor ha jugado al fútbol; que la final no la ganó Argentina, porque fue peor que Alemania; y que Holanda hizo méritos para llevarse el bronce, dejando a Brasil sin metal que llevarse a la boca. En el aspecto organizativo, algunas críticas a los arbitrajes (con colegiados que claramente no dieron la talla) y un desarrollo de los encuentros más que razonables (aunque el clima llegó a influir en el juego, por el calor excesivamente húmedo).  La FIFA salió bien parada en lo deportivo, aunque demostró una gran capacidad para liarla o enredarse en numerosos escándalos.

Como recordará el lector, porque lo tratamos en este blog en junio pasado, la FIFA llegó a Brasil con una ‘calentita’ polémica sobre el Mundial de Qatar de 2022. Al parecer, este emirato del Golfo Pérsico fue elegido como organizador gracias a que se pagaron sobornos, especialmente a delegados de países africanos y asiáticos, y está en el aire la posibilidad de volver a repetir aquella votación para designar una nueva sede. Veremos qué hacen los responsables del fútbol mundial y si se atreven a afrontar este asunto con decisión y valentía. Ya queda poco para averiguarlo, pues en las próximas semanas está previsto que el abogado estadounidense Michael García, que ha liderado las investigaciones en el comité de ética de la FIFA, entregue su informe sobre aquella polémica y controvertida victoria de Qatar.

Durante el Mundial, la FIFA se ha empeñado en robar cámara a uno de sus más ‘insignes’ protagonistas: Luis Suárez, el jugador uruguayo a quien impuso una durísima sanción por haber mordido en el hombro al defensa italiano Giorgio Chiellini: 9 partidos con su selección y cuatro meses en cualquier actividad relacionada con el fútbol. O sea, una sanción más propia de delincuente que de deportista, pues el mordisco –por muy feo que fuera el gesto- no ha causado males mayores a su oponente italiano. Mientras, golpes intencionados entre jugadores se marchan de rositas, aunque haya de por medio roturas de huesos o musculares, incluso abandonos de la práctica del deporte. A todas luces, una sanción desmesurada.

Resulta que el jugador del Liverpool, una vez apeada su selección del Mundial, negoció hace su traspaso al FC Barcelona, operación que se cerró hace unos días por algo más de ochenta millones de euros (es decir, un pastón);  como es lógico, su nuevo club pretendía haberlo presentado esta misma semana, pero se ha encontrado con la oposición frontal de la FIFA, que le ha prohibido celebrar el acto. La sanción impide igualmente al futbolista entrenar en recintos deportivos y participar en actos públicos relacionados con el fútbol; y, en consecuencia, eso incluye un acto público en un hotel.

Me parece un escándalo mayúsculo el provocado por la FIFA, que promete causar fuertes pérdidas económicas al Barça y darle al jugador (ojo por ojo, diente por diente) otro gran mordisco en su ya maltrecha marca personal. No se puede tolerar de la FIFA semejante abuso de poder con esta condena tan desproporcionada.

Porque la FIFA (que podría mirarse al espejo de la ejemplaridad) acaba de cubrirse de gloria con la concesión del Balón de Oro del Mundial a Leo Messi. Fue un pucherazo de los que hacen época. Ni el propio Messi se lo creía, pues al menos ha habido en este Mundial 15 ó 20 jugadores que lo han merecido más que él.  Y Messi lo sabe. Pero el argentino no tuvo la intuición –ni el arrojo- de rechazar el premio, tan contraproducente para su reputación que algunos medios lo han bautizado como ‘El Marrón de Oro’. ¡Vaya papelón! Dicen que fue una decisión tomada por la marca Adidas, que es quien realmente lo patrocina (o sea, lo paga), pero teniendo en cuenta que se hace bajo el paraguas de la FIFA, el alto organismo no debió consentir que ese premio pudiera desprestigiar tanto a la institución del fútbol mundial como lo está haciendo (es una vergüenza).

El índice Castrol, que mide el rendimiento de los jugadores del Mundial en función de decenas de parámetros, eligió al equipo ideal del campeonato y Messi ni siquiera se encuentra entre los once elegidos para la gloria. Según este índice, el jugador más completo del campeonato fue el germano Toni Kroos, al parecer inminente fichaje del Real Madrid. Hasta el propio presidente de la FIFA, Joseph Blatter, declaró a la prensa que le había sorprendido el premio a Messi (¿Lo puede entender alguien?).  El otro gran ídolo argentino, Maradona, acusó a la FIFA de ser unos ‘marketineros’  que conceden estos premios de forma injusta, como en este caso, porque Messi no lo mereció; y el delantero alemán Thomas Müller, o sea un campeón del mundo, reaccionó así cuando le preguntaron por el asunto:  “¿El Balón de Oro del Mundial? No me importa nada esa estúpida mierda; se la pueden meter por el culo”.  Me pregunto por qué la FIFA se mete en estos charcos innecesarios… por qué lo hace si es que le salpican por todas partes.

Su reputación también se vio amenazada cuando la policía brasileña,durante la Copa del Mundo, arrestó a once personas por acusaciones de reventa de entradas originalmente destinadas a federaciones de fútbol y otras importantes personalidades. Se trata, al parecer, de un mercado negro de venta de localidades perfectamente organizado por una mafia que, según cálculos policiales, puede haber ganado hasta 200 millones de reales (unos 90 millones de dólares). Este caso, al que inicialmente se vinculó al padre de Neymar (luego fue desmentido), también tiene mucho que investigar. Y esperemos que el Comité de Ética de la FIFA lo investigue bien, pues se tiene la fundada sospecha de que dicha mafia funciona en todos los mundiales y enriquece a unos cuantos (¿serán siempre los mismos?).

El presidente Blatter debe tomar cartas personales en todos estos escándalos. En muchas ocasiones, cuando aparecía en los palcos de los estadios brasileños, fue sonoramente abucheado… pero eso parece no importarle mucho, pues está pensando en presentarse este otoño a un quinto mandato para presidir la FIFA. ¿Por qué quiere presentarse de nuevo si pronto cumplirá los 80 años? ¿No debería dejar paso a nuevas generaciones de dirigentes? Él dice que es porque su misión “aún no ha terminado? (¿…?).  Me gustaría que nos explicara cuál es esa misión… en qué consiste.

El presidente de la UEFA, el francés Michel Platini, declaró en junio al periódico deportivo L’Equipe que no apoyaría a Blatter para presidir la FIFA durante un nuevo mandato, pero el suizo parece tener un abrumador apoyo desde África, Asia y Oceanía (otra vez estos continentes). Parece que todo lo tiene atado (y bien atado).

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