Nuestra ‘reina de las aguas’, Mireia Belmonte, acaba de conquistar en Doha (Qatar), en el mundial de natación en piscina corta, nada menos que cuatro medallas de oro y dos récords mundiales. Su medallero durante 2014 incluye en total más de veinte preseas, gesta que ningún otro deportista de nuestro país ha conseguido jamás (ni de lejos). Por eso, no pocos la consideran ya la mejor deportista española de todos los tiempos. Pero, de regreso a Barcelona, en el mismo aeropuerto, nuestra ondina se encargó de poner las cosas en su sitio.

Allí, rodeada de periodistas, de familiares, de amigos… y, al lado de su entrenador (el francés Fred Vergnoux), se ha dado buena prisa en rebajar las expectativas de quienes –por querer reconocer sus indudables méritos– la adulan de forma innecesaria y pueden acabar descentrándola. Pero eso será difícil, porque este tándem entrenador-nadadora tiene las ideas muy claras y un horizonte nítido, delimitado por los mundiales en piscina larga de 2015 (Kazán) y los JJ.OO. de 2016 (Río de Janeiro). Si Mireia me cautivó en Doha, por su gran forma física y su insuperable espíritu competitivo, en Barcelona lo que me ha fascinado de ella ha sido su buena cabeza. Tenemos a la vista una campeona muy sólida.

A pesar de vivir prácticamente en el agua, pues su plan de preparación ha ido este año desde el 1 de enero al 23 de diciembre, a Mireia no le gustan en absoluto los ‘cantos de sirena’. Desde una sincera humildad, todavía se ruboriza un poco cuando los periodistas tratan de averiguar si cree que está en su zenit deportivo: “No sé muy bien qué responder a esa pregunta”, dice. “Estoy muy contenta y motivada por las marcas y las sensaciones que he tenido en Doha; sin embargo, espero tener todavía mucho margen de mejora”. Y ahí está la clave.

En ese teórico margen de mejora confía plenamente su entrenador, uno de los más exigentes y metódicos que podamos imaginar. Un hombre de ‘hierro’ que confía ciegamente en su pupila pero siempre que esta entienda que nada ‘grandioso’ es posible sin ‘sangre, sin mucho sudor y sin algunas lágrimas’. Vergnoux sabe que tiene entre sus manos uno de los mayores ‘diamantes en bruto’ de la natación y se muestra decidido a tallarlo y a pulirlo con la mayor de las precisiones.

Esta relación, que tiene algo de ‘mística’ según me cuentan, se inició apenas hace cinco años, como nos cuenta Andrés Corpas en una información para El Mundo (08.12.14) titulada de forma elocuente: ‘Mireia Belmonte, fronteras por descubrir

En esa pieza periodística, Vergnoux es quien lleva la voz cantante y cuenta algunas claves del ‘fenómeno Mireia’: “En el plano deportivo, es una revolución total”. En aquel primer momento, ella tenía 19 años, ahora 24. “Durante este tiempo -cuenta su preparador- tiene cinco kilos menos, una masa muscular más elevada, un cuerpo más fibrado… y una montaña de medallas y récords. Nada de eso había aquel día inicial, pero sí lo hay en este preciso instante”.

Es decir que estamos hablando de una deportista completamente nueva, mutada: «Es una evolución en todo. También a nivel de entrenamiento. El primer día iba lenta en la piscina y tenía poco gimnasio, no estaba en forma. Poco a poco lo hemos conseguido», rememora tras cinco temporadas juntos, en las que se ha percatado de que Mireia «no tiene techo». Una deportista distinta de aquella que un buen día conoció a su nuevo entrenador y decidió asumir los retos que le planteaba: «Le faltaba bastante madurez e implicación personal, pero ahora las tiene».

Está casi todo dicho. Quien seguramente mejor conoce a Mireia piensa que su futuro viene preñado de éxitos, porque sabe que ella –dotada naturalmente para la natación– está dispuesta a realizar el ingente esfuerzo que el objetivo requiere, a respetar escrupulosamente la disciplina necesaria y a seguir demostrando sus inagotables dosis de superación. Su palmarés en 2014 ha sido fantástico: “Once medallas a nivel estatal (diez oros, entre ellos uno en su estreno en aguas abiertas, y una plata), seis de siete intentos en el Europeo (dos de cada metal preciado, donde se incluye un bronce en larga distancia), 30 en la Copa del Mundo (13 de oro, 15 de plata y dos de bronce) y cuatro oros en el Mundial de piscina corta, aderezados con dos récords del mundo en el 200 mariposa, donde ha sido la mejor nadadora del año, y en el 400 estilos”.

Pero ese repertorio (que seguramente se verá ampliado en los nacionales en piscina corta de estos días en Barcelona) se quedará exiguo en los dos próximos años, pues a partir del 1 de enero próximo “comenzará otro ciclo”, como le gusta decir a Vergnoux: “El objetivo este año es realizar la primera fase de la preparación de Río. Es decir, competir de la mejor forma posible en el Mundial de Kazán con ocho meses de preparación. Esta competición nos va a dar una imagen muy realista de dónde estamos con nuestra preparación olímpica”.

Nada se quiere dejar al azar en esta preparación, que persigue obtener buenos resultados en Kazán, claro que sí, y a ser posible también algún récord mundial en la piscina larga. Objetivos aparentemente asequibles, en el camino al oro olímpico en Río (su gran reto). Aunque el objetivo final de Mireia está por encima de tocar metal (algo a lo que ya se está acostumbrando); para ella es más importante saber dónde están sus límites, lo cual requiere seguir mejorando cada día en todo lo que haga, hasta en los más mínimos detalles.

El francés explicaba hace días en El Confidencial (08.12.14) que “Mireia todavía no está lista para el oro olímpico o el Mundial en piscina larga, pero está haciendo ese trabajo. Es parte del camino a los Juegos de Río 2016, que es el gran objetivo de Mireia como le ha dejado claro a todo el mundo. Todo lo que hace es pensando en los Juegos Olímpicos“.

A su regreso de Doha, con toda esa tarea por delante, Mireia desactivó triunfalismos: “Sí, todavía es precipitado considerarme la mejor deportista española de todos los tiempos. Me quedan muchas cosas importantes por hacer y creo que tampoco estoy a la altura de compararme a grandes campeones del deporte español”. Pero quizá cuando regrese de Río de Janeiro, con sus medallas de oro colgadas al cuello, no podrá repetir a la prensa esa misma letanía… Simplemente, porque entonces ya nadie podría creerla.

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