Este sábado se juega el clásico de la Liga española: Real Madrid-Barcelona. Se trata de un partido que, en los últimos años, sea en Madrid o en Barcelona, siempre ha estado calentito en sus jornada previas, especialmente desde la etapa de rivalidad entre los entrenadores Mourinho y Guardiola, hoy ambos ausentes de esos banquillos. Se calentaban mucho, creo yo, por excesos verbales, provocaciones continuas y comportamientos poco deportivos en no pocas ocasiones. Aunque, finalmente, esa tensión solía quedar desvanecida en el momento del pitido final del árbitro. Cada cual asumía el resultado según la justificación que más le conviniera y “a otra cosa, mariposa”.

Pero tengo para mí que el del sábado es un clásico distinto y, de verdad, en esta ocasión me gustaría que no lo fuera tanto, pues sería síntoma de esa ‘normalidad’. Se están lanzando, a mi entender, demasiados mensajes referidos a la seguridad de este encuentro, que tradicionalmente ya cuenta con las etiquetas de “partido de alto riesgo”, “acontecimiento de especial interés”, “de máxima rivalidad” y algunas otras de tenor semejante. Es un partido que suele acarrear fuertes operativos de seguridad, como se requiere en los eventos multitudinarios (cerca de 85.000 personas habrá en el estadio), a pesar de lo cual mucha gente anda con la mosca detrás de la oreja después de todo lo acontecido en Europa tras los recientes atentados de París del pasado viernes.

Por ello, la pregunta que flota hoy en el subconsciente colectivo es sencilla: ¿Está completamente garantizada la seguridad de ese evento o sería mejor suspenderlo, como se ha hecho esta misma semana de forma preventiva con los partidos de nuestra selección contra Bélgica o de Alemania frente a Holanda?

Nuestra selección, que tenía previsto jugar el martes en Bruselas un partido amistoso, finalmente se tuvo que volver a casa sin hacerlo porque las autoridades belgas no podían garantizar la seguridad de las personas. No dieron demasiadas explicaciones, pero según parece tenían indicios de que rondaba por aquella capital el terrorista superviviente de los terroríficos atentados perpetrados en París la semana pasada; además, era el cabecilla del grupo que actuó en París y el cerebro de la trama de terror que se ha cobrado más de doscientos muertos y aún un número mayor de heridos, muchos de ellos graves.

Ese asesino había decidido que uno de los suyos entraría al Estadio del Parque de los Príncipes con un cinturón de explosivos adosado a su cuerpo y lo haría estallar durante el encuentro que celebraban en aquel momento las selecciones de Francia y Alemania. Sería una masacre. Pero ese hombre despertó las sospechas de un vigilante de seguridad cuando pretendía entrar al recinto y tuvo que salir huyendo. Poco después, hizo detonar su carga mortífera y se llevó con él de este mundo a unas cuantas personas que pasaban por allí. Todas ellas civiles, víctimas inocentes. Desde el estadio se oyeron perfectamente tres grandes detonaciones, que inicialmente la gente no relacionaba con semejantes actos de barbarie, hasta que finalmente empezaron a conectar sus móviles y aparatos de radio, a través de los cuales fueron tomando conciencia de la gravedad de la situación.

El palco estaba lleno de personalidades públicas y deportivas de ambos países, con el presidente francés François Hollande a la cabeza. El mandatario abandonó el recinto de forma abrupta, para colocarse a resguardo de las bombas y ponerse al frente de la crisis. Sin duda, sus fuerzas de seguridad habían fracasado en la detección precoz de los ataques y él mismo debía sentir una íntima y muy vergonzosa humillación. Los terroristas del Estado Islámico, como dijo Hollande a las pocas horas, habían declarado la guerra a Francia y su país no va a parar hasta que el enemigo pague con creces por lo que ha hecho. Pero ese enemigo es común para tantísimos países. En el comunicado donde el Estado Islámico se atribuía los atentados, ya anunciaba que los siguientes países serán Italia, Alemania y Bélgica; y no olvidemos que ya en anteriores ocasiones hablaron de España, de Estados Unidos o de Turquía… en fin, que su estrategia es la de imponer el terror matando a personas de forma indiscriminada, sembrando miedo e intranquilidad entre las poblaciones civiles haciendo sentir a cada ser humano que no podrá estar completamente seguro en ningún lugar del planeta.

Cualquiera podrá pensar que siempre lo han hecho así. ¿No es cierto? Sí, puede que lo sea, pero creo que esta vez han subido de golpe varios peldaños en su escalada del terror, apuntado a objetivos nuevos y actuando en actos multitudinarios como los deportivos, cosa que antes no habían hecho. Habían actuado impunemente en mercados, restaurantes o discotecas, lugares donde se reúne la gente en torno a sus actividades de disfrute y ocio; habían atentado en acontecimientos deportivos, sí, pero en países con menos capacidad de respuesta que los europeos; aconsejo ver el extraordinario trabajo realizado por Daniel Riobóo en Deporadictos.com. Pero no se habían caracterizado por hacerlo en actos donde se congregan tantas miles y miles de personas, en los que están implantados de forma sistemática fuertes operativos policiales. Ahora han cruzado esa barrera y, porque el miedo es libre, creo que han empezado a cosechar sus primeros resultados. Por ejemplo, tras los atentados, en París se suspendieron todas la competiciones deportivas durante el pasado fin de semana, que es cuando se disputan casi todas ellas. Así lo decretó la Secretaría de Estado de Deportes francesa y veremos qué sucede este fin de semana.

En España, como decía, nos estamos planteando qué hacer con el Clásico. A estas horas, parece que nadie encuentra razones para suspenderlo. Así se ve desde todas las instancias. Ni él clásico, ni ningún otro partido. Pero, cualquier chispa que pudiera saltar entre los aficionados de los dos equipos (espero que no salte) o cualquier falsa alarma o rumor que se pudiera propagar (confío en que no suceda) podrían provocar el pánico y hacer pensar a los responsables de nuestra seguridad que, tal vez.. a lo mejor… posiblemente…

Los responsables políticos de toda Europa nos dicen, al unísono, que esos terroristas nos pueden hacer daño, claro, pero que nunca nos vencerán; que no podemos claudicar ante ellos porque eso representaría la auténtica victoria de sus fundamentalismos irracionales y fanáticos sobre nuestra cultura ancestral y valores democráticos, especialmente los de la Revolución Francesa y del himno de Francia –La Marsellesa– que tantas veces ha sonado estos días, cantado a capella por grandes masas corales, para decirles a los terroristas asesinos que no van a poder con nosotros.

Suscribo ese ‘sentimiento europeo’ que, de forma tan brutal y dramática viene a certificar algo importante: que empieza a sentirse (aunque sea lentamente) esa ‘Europa de los Ciudadanos’ que siempre reivindicó -como uno de los grandes propósitos de la unión- nuestro ex presidente, Felipe González. Yo comulgo con él en esa tesis: no habrá una Unión Europea de verdad hasta que no sea una Europa de los Ciudadanos. Con la de los mercaderes, la de los funcionarios o la de las multinacionales no es suficiente.

Sí, creo que es conditio sine qua non la Europa de las personas… esas que hoy sienten miedo porque piensan que en cualquier momento les puede pasar algo por el mero hecho de ir a presenciar un partido de fútbol al estadio o a bailar a una discoteca. Venía a decir Alfredo Relaño, el director de AS, en uno de sus artículos que no es fácil entrar a un estadio con un cargamento de bombas… pero que sí puede serlo merodear de tal guisa por sus alrededores. No se puede controlar a todos en todo momento. La seguridad total no existe.

Por lo tanto, no dejemos de ir al fútbol, ni a bailar, y no claudiquemos ante la barbarie. Pero andemos con cien ojos (nunca estará de más) porque hay gente que, en nombre de no sabemos qué dios, podría haber puesto al deporte en la diana de su locura asesina.

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