El miércoles, según lo que muchos esperaban, el Barcelona fue apeado de la Champions, en cuartos de final, por la Juventus. Había perdido por 3-0 en el partido de ida en Turín y muchos –especialmente sus seguidores– pensaban que todavía era posible un nuevo milagro como el acontecido en octavos contra el Paris Saint Germain… Pero no, esta vez no volvió a producirse la mágica remontada y el Barça dijo adiós después de un encuentro en el que ni siquiera fue capaz de perforar la meta de su rival. Lo cierto es que no ha sido capaz de meter ni un solo gol en los 180 minutos de ambos encuentros y así, claro, resulta casi imposible pasar de ronda.

Tras la frustración del Camp Nou, el equipo –y el club– se la juegan pasado mañana a una sola carta en el Santiago Bernabéu. Necesitan ganar al Real Madrid para sentir que aún se enganchan a la liga, aunque el mero hecho de un triunfo no le garantizaría nada en ese sentido… Los blaugrana necesitan ganar para poder seguir luchando por el título; aun así, el Real Madrid seguiría dependiendo en gran medida de sí mismo. Lo tiene difícil el Barça y su afición lo sabe; por eso aplaudió y animó a su equipo al finalizar el partido del miércoles, mientras desde su subconsciente colectivo la afición se plantea si no estaba presenciando el principio del fin de una etapa gloriosa, en la que el Barça supo destacar como el mejor equipo del globo.

Me atrevo a plantear semejante idea tras escuchar unas cuantas opiniones de socios del Club y aficionados culés en los aledaños de su estadio. A pesar de que cada día importa menos la opinión del socio -y que influye poco o nada en la gestión diaria de cualquier club- a mí me sigue interesando mucho (lo que más, incluso) lo que opinan quienes sustentan las esencias del fútbol: seguidores, aficionados y simpatizantes.

Recordemos que el partido había concluido con un frustrante empate a cero. “El Barça no ha metido ni un solo gol en toda la eliminatoria; ni en Italia ni en Barcelona”, recordaba uno de los aficionados entrevistados. “Así no se puede pasar de ronda y, mucho menos, ganar una Champions”. Era un dato más que objetivo y razón no le faltaba.

Otros centraban todos los males en el entrenador, Luis Enrique, a quien critican por no haber permanecido fiel al legado de Guardiola, su maestro: “El sabio de Lucho se ha cargado un estilo y una etapa gloriosa”, se lamentaba otro aficionado culé. A Luis Enrique no le perdonan su forma de ser, un tanto chulesca, su cambio en la forma de jugar, ni su ‘traición’ al espíritu de la Massía; y mucho menos aún que hace semanas abandonara la nave anunciando que a final de temporada lo deja para irse a casa, a descansar, dado el estrés que le aqueja. Por cierto, un estrés que casi nadie comprende y, mucho menos, justifica. Su iniciativa, desmotivadora por cualquier lado que se mire, no ayuda en nada.

Igualmente le achacan la falta de juego en el equipo. “Hemos visto a un Barça sin ideas. Cuando un equipo sale a defender y nos controla bien a Messi, no somos capaces de superarlo y no metemos un gol ni al arco iris”, declaraba otro socio con evidentes síntomas de ‘depresión’.

No debemos olvidar que este equipo se acostumbró a ganarlo todo y que, ahora, parece bastante vulnerable: “Cualquier equipo puede ganarnos en un momento dado”. Lo peor de ese sentimiento colectivo es que casi nadie se atreve a hacer un buen diagnóstico y –aún menos– prescribir un adecuado tratamiento para semejante dolencia deportiva. Porque, después de la estocada del Camp Nou (y espero que se me permita un símil taurino), este domingo podría recibir la puntilla de la Liga en el Santiago Bernabéu, donde se disputará el ‘clásico’ más trascendente de los últimos años (por lo que estará en juego).

En ese dramático encuentro al Barça sólo le sirve ganar y, aun así, ni un magnífico resultado le garantizaría nada muy sustancial de cara a la consecución del título. Restan siete partidos y el Real le aventaja en tres puntos, amén del partido aplazado que aún le resta por disputar al Celta de Vigo.

El Madrid no solo cuenta con esos tres puntos, sino además con la ventaja anímica de su pase a semifinales de la Champions, tras eliminar al Bayern de Münich. Ahora mismo el Real está a seis partidos de conseguir el doblete (tres en cada competición), meta que no se presenta fácil de alcanzar pero que parece factible. Si eso sucediera, y a pesar de que el Barça pudiera ganar la Copa del Rey al Alavés, para el Club de Barcelona sería una sensación de fracaso aún mayor. Por lo tanto, la presión anímica para los aficionados culés resulta ahora máxima… una carga muy pesada de llevar.

Creo que es ahora cuando entre la masa social pesa de manera insoportable el anti madridismo del que rezuman las gradas del Camp Nou, que se percibe en las retransmisiones televisivas y en los medios afectos y que se constata a diario en las redes sociales. Porque ese sentimiento se puede volver en contra y golpear como un bumerang peligroso que se vuelve contra quienes lo ejercen. No hay más que mirar los memes que circulan por las redes sociales desde el miércoles, haciendo escarnio y riéndose de quienes antes se regodearon en sus críticas hacia el eterno rival. “El Barça ha hecho el ‘ridiculé’ en la Champions”, es de lo más suave que se puede ver y leer; o las risotadas que provocan “las lágrimas de cocodrilo” de Neymar tras su derrota ante el Bayern; o los calificativos de ‘bocazas’ y ‘llorón’ que se le dedican a Piqué por sus quejas hacia los árbitros. O, finalmente, cuando alguien pregunta lisa y llanamente: ¿Dónde está la remontada?

Tampoco extraña que se hayan escuchado algo más que quejas contra el presidente del Club: “¡Bartomeu, dimisión… Bartomeu, dimisión!, se podía escuchar el mismo miércoles en los aledaños de su estadio. El primer mandatario, me atrevo a asegurar, no va a tener nada fácil encontrar una salida a esta crisis (de juego, sí, pero ya también institucional). Deberá elegir a un nuevo entrenador (casi todos los indicios apuntan a Valverde, hoy entrenador del Athletic); sin embargo, a ese entrenador se le tendrá que dar voz y voto en la renovación del equipo, que será amplia. Muchos socios saben que la edad media de la plantilla es alta y que habrá que rejuvenecerla, pero al mismo tiempo son muy conscientes de que el Club no dispone de los millones necesarios para hacer unas contrataciones a la altura de un equipo campeón. Muchos preconizan que dentro del vestuario será preciso extirpar algún ‘sarcoma’, salvo amenaza de una ‘metástasis’ incurable, y otros creen, en fin, que la Massía tampoco parece hoy una solución viable, pues se encuentra un poco ‘famélica’ de jóvenes promesas y no se vislumbra en sus aulas una generación brillante que pueda tomar el relevo de forma inmediata.

Por lo tanto, habrá que tirar de cartera más que de cantera, justo lo que siempre criticaron desde Barcelona a su gran rival de Madrid (otra línea de memes que se le volverán en contra). No será fácil justificar esa factura y, mucho menos, poder pagarla… salvo a cambio de un endeudamiento peligroso o del retraso de algún proyecto corporativo (léase estadio). La afición culé vivirá estas 48 horas un auténtico ‘drama’ (en el sentido más clásico del término teatral), consciente de que se lo juegan todo a una sola carta. El domingo, los culés echarán su propia moneda al aire: si cae cara, todavía albergarán la esperanza de que su equipo merece un margen de confianza, al menos durante otro par de años; pero si sale cruz, habrá catarsis… y quizá los ‘cirujanos’ de los despachos comenzarán a meter su bisturí en el vestuario este mismo verano, poniendo fin a toda una etapa de gloria que, a buen seguro, será irrepetible.

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