Algo está pasando en el deporte español, en el de selecciones especialmente, que se me antoja preocupante. Dan mucho que pensar los fracasos –tan recientes como evidentes– de nuestras selecciones de fútbol, apeada del Mundial de Brasil en la fase de grupos (cuando era la vigente campeona); de baloncesto, derrotada por ‘KO’ técnico en el Mundial de España, ante una Francia evidentemente menos fuerte, ante la que se relajó; o la degradación sufrida por nuestro combinado de tenis, que hace unos días bajó hasta el abismo de la segunda división por la mera incomparecencia de nuestros campeones…

Y no estamos ante casos similares, pero el círculo se cierra con los exiguos resultados que están cosechando nuestros deportistas en los campeonatos del Mundo que se celebran estos días en nuestro país: los de tiro en Granada, de vela en Santander o de ciclismo en Ponferrada (empezaron ayer y veremos lo que sucede, pero nuestro campeón Alberto Contador ya ha dado también la espantada). No se puede generalizar, porque algunos nombres destacan con medallas individuales o clasificaciones para los JJ.OO. de Río 2016 (caso de la vela), pero la cosecha general está siendo algo pobre.

Me parece un hecho objetivo que, deportivamente, España cotiza en estos tiempos muy a la baja, aunque algunos de nuestros mejores deportistas brillen a título individual más que nunca. Habrá que preguntarse por qué esa merma en su orgullo de pertenencia, por qué su falta de compromiso con la camiseta nacional y por qué quienes tienen que hacer algo al respecto parece que prefieren dejarlo estar… en vez de tomar decisiones. Creo que hablamos de un asunto de mayor calado de lo que pueda parecer a primera vista. Y me gustaría que este debate –que seguro se va a producir– suscite respuestas entre los responsables políticos y deportivos, así como entre los propios deportistas, a la mayor brevedad posible. Porque los españoles, que siempre se han sentido orgullosos de los éxitos de nuestros representantes, y les han apoyado en todo momento, no merecen semejante decepción (se puede leer también ‘desprecio’).

Acudo hoy a esta página, simplemente, para dejar el asunto encima de la mesa. Unos hablan de que estamos viviendo las consecuencias de la crisis económica, que durante los últimos años ha ido recortando ayudas, primas y subvenciones oficiales a unos deportistas con voracidad económica excesiva (desde luego, en los tres deportes mencionados –fútbol, baloncesto y tenis– es en los que más se gana), que perciben más dinero en sus competiciones y circuitos profesionales; otros apelan a esta agitada España política, que genera controversia (esperemos que no acabe en división) y en la que parece bien difícil conseguir que prevalezca un sentimiento nacional (o sea, único) de equipo; otros consideran que ha llegado el momento de hacer el relevo a esa generación de oro de deportistas que nos ha llevado tan arriba en los últimos lustros; y, en fin, algunos otros hablan de que estábamos muy mal acostumbrados al espejismo de unos resultados muy por encima de la importancia real de nuestro país en el contexto mundial. Puedo estar de acuerdo en que todos esos argumentos tienen algo de razón, pero ¿serían suficientemente sólidos y convincentes como para explicar ciertos comportamientos individuales que a todos tanto nos han sorprendido y decepcionado? Creo que, por ahora, no.

A mí no me gusta sacar conclusiones apresuradas. Pero creo que, a veces, cuando se dan situaciones de crisis y debe intervenir la ‘cirugía’, sí que se impone la necesidad de un diagnóstico rápido y lo más certero posible, para poder rectificar el desviado rumbo. ¿Estamos asistiendo a una crisis de nuestro deporte patrio? No sé responder a esa pregunta. Y como no tengo la solución, ni soy el cirujano, por eso reitero que tan solo pretendo dejar planteado aquí este asunto; sólo planteado, pues creo que hay que reposar todavía un poco más el análisis. Como decía Chaplin: “El tiempo es el mejor autor porque siempre sabe encontrar el final adecuado”. No hablamos aquí de una de las películas del genial cineasta, pero su máxima la podemos aplicar ahora sin pretensión de llegar más allá, pues una diagnosis certera se me antoja complicada y, mucho más, en el marco de un adecuado manejo de los tempos.

En este ejercicio de puro planteamiento, y no siendo el deporte una ciencia exacta, voy a utilizar dos recursos: el primero es el artículo publicado por mi viejo amigo Juan Mora, en el diario AS, el 18 de septiembre, titulado con mucho ‘ojo clínico’: “La Selección ya no es lo primero”.; el segundo recurso, más evocador e intangible, es el conocido poema de Blas de Otero “España, camisa blanca” que popularizaron en su versión musicada Ana Belén y Víctor Manuel. Para quienes no conozcan a Blas de Otero, uno de los principales representantes de la poesía social de los años cincuenta en España, fallecido hace apenas 35 años, les recomiendo ver este vídeo, realizado por Joss con maravillosas fotografías de época en blanco y negro. Intencionadamente yo también he manipulado un poquito el poema (y espero que se me perdone), titulándolo así:  “España, camisa roja de mi esperanza”. Pretendo con ello dos objetivos: comprobar lo vigente que está el espíritu de ese poema, que nos habla de una España ‘bipolar’ (en sus múltiples sentidos), y apelar al sentimiento nacional (que se apunte quien quiera), que tan necesitado anda de unos deportistas de élite un poco menos egoístas y más centrados en los valores:

España, camisa roja de mi esperanza,
reseca historia que nos abraza 
con acercarse sólo a mirarla;
paloma buscando cielos más estrellados
 donde entendernos sin destrozarnos, donde sentarnos y conversar.

“Vienen nuevos tiempos. Tiempos en los que ir a la Selección ya no es lo primero. En este sentido, la Ley del Deporte se nos ha quedado antigua. La Ley del Deporte obliga a todo deportista a acudir a la llamada de la Selección. Obviamente, no se cumple. Mas hecha la ley, hecha la trampa. El deportista dice que no quiere ir, y entonces el seleccionador no le convoca”, opina Juan Mora

España, camisa roja de mi esperanza,
la negra pena nos atenaza, 
la pena deja plomo en las alas;
quisiera poner el hombro y pongo palabras 
que casi siempre acaban en nada, cuando se enfrentan al ancho mar.

No hay, por tanto, incumplimiento. Comenzó a ser costumbre entre los tenistas, y el propio Carlos Moyá, actual seleccionador, se negó a disputar una Davis en la que, como ha sucedido el pasado fin de semana, nos jugábamos el descenso. Luego fueron los baloncestistas, sobre todo los de la NBA. Ahora lo es también Contador, nuestro ciclista más en forma, ganador de la Vuelta”.

España, camisa roja de mi esperanza,
a veces madre y siempre madrastra, 
navaja, barro, clavel, espada;
la muerte siempre presente nos acompaña en nuestras cosas más cotidianas 
y al fin nos hace a todos igual.

 “Contador dice que eso no tiene nada que ver, que lo que cuenta es el circuito, y éste no se ajusta a sus condiciones. Mínguez, el seleccionador, piensa lo contrario. Hay que subir tres altos en cada una de las catorce vueltas: de 200 metros al 7%, de 5 kilómetros al 3,4% y de un kilómetro al 5,8%. Contador dice que esto no es nada, y que para ayudar a Valverde hay corredores más indicados que él. Como no es cuestión de llevar un ciclista a disgusto, Mínguez no le ha seleccionado”.

España, camisa roja de mi esperanza,
de fuera o dentro, dulce o amarga, 
de olor a incienso de cal y caña;
¿quién puso el desasosiego en nuestras entrañas 
nos hizo libres pero sin alas 
nos dejó el hambre y se llevó el pan?

Pasó, pasa y pasará. Por mucho que diga Pedro Muñoz, [anterior presidente federativo], quien también sufrió las renuncias de los tenistas. El deportista tiene otros intereses que no son los de la Selección, y ese es el problema de las Federaciones. Sus competiciones son menos importantes que las del circuito profesional”.

España, camisa roja de mi esperanza,
aquí me tienes, nadie me manda; 
quererte tanto me cuesta nada;
nos haces siempre a tu imagen y semejanza, 
lo bueno y malo que hay en tu estampa de peregrina a ningún lugar…

 Gracias, Juan, por tu agudeza, sensibilidad, experiencia y buen hacer… y gracias, Blas, por recordarnos con tanta clarividencia lo que fuimos hace no mucho tiempo (y, al parecer, seguimos siendo). Miro siempre al futuro con optimismo, pero creo sinceramente que esto no va a ser nada fácil…

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