En nuestra Liga de fútbol se repiten cada año, invariablemente, ciertos patrones que dan mucha salsa a la competición. Siempre salta, más bien pronto que tarde, un equipo revelación: en este caso, cuando se llevan disputadas tan solo cinco jornadas, bien podría ser el de Las Palmas (aunque, después de haber ganado casi todos los puntos, ayer cayó estrepitosamente ante la Real Sociedad); los favoritos confirman o no tal condición (Barça y Atlético han perdido unos cuantos puntos y el Real empató ayer en casa contra el Villarreal, confirmando que esta temporada el campeón seguramente no batirá el récord de la competición); y otro termómetro es ver cuánto tarda en caer el primer entrenador…

Pues bien, en esta temporada eso ya ha sucedido en la persona de Pako Ayestarán, que ha durado tan solo cuatro jornadas como técnico del Valencia, después de haber conseguido en ellas cero puntos para su equipo y ser el último de la tabla (insólito en un club histórico, tan grande, acostumbrado a competir en Europa, e incluso, a ganar algunos de sus títulos). Pero el club se encuentra inmerso desde hace años en una crisis institucional y deportiva de gran calado que parece más profunda de lo imaginado). El Valencia tiene hoy tanto lío y a todos los niveles, que si tuviéramos que encontrar un parangón en el cine, quizá deberíamos buscarlo en El Camarote de los Hermanos Marx. Por lo absurdo.

El cese de Ayestarán, que ni siquiera ha podido armar adecuadamente su nuevo proyecto, viene a demostrar la crisis que atenaza al Club en todos los ámbitos de su gestión, desde el del propietario Peter Lim (acaudalado empresario de Singapur, propietario del holding empresarial Meriton), pasando por la presidenta, Lay Hoon Chan, hasta los estamentos más básicos del Valencia. Hay dinero para reflotar al club, como se ha visto hasta el momento, pero cada día parece que hay menos. Y se vuelve a demostrar que hace falta algo más que músculo financiero para gestionar bien un club. En este blog vengo defendiendo esas ideas desde que comenzamos a publicar, allá por marzo de 2014, y detesto que la realidad me vaya dando la razón, porque lo que sucede es malo para los clubes, para el deporte y para la industria. Y me temo que en nuestra reputada Liga -donde muchos clubes históricos están cayendo en manos de jeques y magnates- el caso del Valencia no es el único, ni mucho menos.

Hay quien echa la culpa de esta crisis al citado Lim, pero considero que esa es una interpretación torticera, pues ignora que el empresario asiático ya compró el club a Amadeo Salvo, su anterior accionista mayoritario, después de una etapa convulsa (de extraordinaria tensión social), que le obligó a salir de najas antes de que fuera demasiado tarde. Lim tomó pronto varias decisiones importantes, a priori lógicas e interesantes:

  • Nombrar a Lay Hoon Chan como presidenta. Muchos la vieron como una persona inadecuada, a pesar de que gozaba de una experiencia dilatadísima en finanzas e inversión, que “supervisa la cartera de miles de millones de dólares de las empresas de Lim”. Así lo destacaba en su día la nota oficial. Lay Hoon, por tanto, es una persona de su máxima confianza, que vive en Valencia. A pesar de ello, se la sigue viendo “como elefante por cacharrería”.
  • Poner la parcela deportiva en manos del representante portugués Jorge Mendes, a quien le encomendó que se ocupara de realizar los fichajes de un director deportivo, un entrenador y los futbolistas adecuados para poner al Valencia de nuevo en la órbita competitiva. Mendes, por supuesto, colocó a todas las piezas de su cuadra de clientes: a Jesús García Pitarch, como ejecutivo responsable de la parcela deportiva, y a su compatriota Nuno Espirito Santo, como entrenador. El entrenador salió a los pocos meses, tras un desencuentro colectivo con los jugadores y una racha nefasta de resultados deportivos. Y antes de Ayestarán ocupó el banquillo Gary Neville, qué duró lo que un caramelo en un colegio.
  • Desembolsar el capital necesario para poder hacer realidad el nuevo proyecto. Lim había llegado como un auténtico ‘Rey Midas’ y por dinero no iba a quedar. Y así lo hizo. Quería poner en valor su inversión, quien sabe si -como dijo- con vocación de permanencia o con la intención de darle el pase a medio plazo a un mejor postor.

Pero casi dos años después, esas actuaciones se han revelado inútiles, perniciosas o inadecuadas. La señora presidenta se ha demostrado incapaz de comprar jugadores adecuados a buen precio, ni de tener la necesaria paciencia para que los proyectos maduren; más bien al contrario, las compras han sido caras, por lo general, y las ventas de jugadores ha sido con minusvalías.

El Club ha ido vendiendo a sus jugadores franquicia (haciendo caja) y contratando a la vez (a veces deprisa y corriendo) a otros de menor valor en el mercado (peor nivel de juego); de ese modo, por un lado, el Club se está despatrimonializando deportivamente y, en buena lógica, la cosecha de resultados es peor cada temporada. Ejemplos de lo que digo son los jugadores vendidos este verano: Negredo y Barragán (Middlesborough); Paco Alcácer y André Gomes (Barça), Mustafi (Arsenal), Javi Fuego (Espanyol), etc. Y han llegado Álvaro Medrán, Mario Suárez, Fede Cartabia, Martín Montoya, Munir, Mangala, Nani o Ezequiel Garay, estos últimos casi sobre la bocina del cierre de mercado.

Con mis respetos hacia todos ellos ¿Verdad que no hay comparación? Pues menos la encontraremos si vemos que el total de ventas asciende a 114 millones de euros, mientras que el capítulo de compras totaliza 10 millones, en números redondos. Por lo tanto, un balance positivo superior a los 100 millones de euros. Persuadido de que el Valencia puede ser inviable, y quizá animado a abandonar la nave ¿ha decidido Lim empezar a recuperar parte del dinero invertido? El tiempo nos irá diciendo.

Por el momento, su panorama no puede ser más desalentador. Está buscando un nuevo entrenador; quería fichar a Marcelino, recién destituido del Villarreal, pero al parecer no es posible porque el técnico ya ha tenido ficha con otro equipo (aunque no haya llegado a debutar esta temporada). Si finalmente falla Marcelino, suena Caparrós. Sea quien sea el que llegue a ese banquillo tiene una ardua tarea por delante. El partido de ayer contra el Alavés lo dirigió Voro desde el banquillo y el Valencia ganó (2-1) con un gol de penalti en el minuto 88; victoria que le ha permitido zafarse del farolillo rojo. Veremos si es un cambio de tendencia o simple ‘flor’ de un día. Porque es evidente: los jugadores están cabreados, desanimados, enfrentados… no forman, desde luego, el equipo ideal para salir rápidamente del pozo negro en el que están sumidos.

La afición, en fin, está que trina con su equipo y con el club. Es lo más preocupante. Cada partido acude menos gente al estadio y no paran de pitar a sus jugadores. Los aficionados valencianistas son entendidos (y exigentes), pero partido tras partido asisten a la decrepitud de su equipo y cada día sienten mayor desafecto. Ya sabemos que este club no es sus socios, pero la propiedad nada hace para que lo parezca siquiera un poco.

Quizá Peter Lim no sepa mucho de España, ni de fútbol, ni de la Liga española, como dicen algunos. Pero, como hombre de negocios, sí debería saber que los productos y servicios que se prestan y venden en esta clase de negocio son básicamente intangibles. No vale con gestionar bien una inversión, ni siquiera con lograr unos fríos resultados deportivos… hay que gestionar bien el corazón, el alma y la mente de los aficionados, que son los auténticos clientes de este negocio; hay que saber acompañarles en su sentimiento cuando las cosas van mal y, sobre todo, hay que hacer un esfuerzo grande para devolverles de nuevo, y cuanto antes, a la senda de la felicidad. Y si no se está dispuesto a hacer ese esfuerzo, quizá lo más sabio sea colgar el cartel ‘SE VENDE’ y dejar el paso a alguien más adecuado.

Compartir...Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on Facebook0Share on LinkedIn0Email this to someone