Hace apenas una semana, el 18 de junio, la Maratón de Nueva York, la carrera más popular del mundo, fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2014 por representar como ningún otro evento “el espíritu y la universalidad del deporte”; por simbolizar, mejor que cualquiera otra manifestación deportiva, “la colaboración ciudadana y la solidaridad”.

Los Premios Príncipe de Asturias (quién sabe si ya este  mismo año pasarán a denominarse ‘Princesa de Asturias’) siempre me han gustado, porque su jurado no suele juzgar únicamente resultados (necesarios, claro), sino principios y valores que dan mucha mayor relevancia a los ganadores. Y, en mi opinión, con la Maratón de Nueva York han vuelto a dar en la diana.

Fundado en 1970 por Fred Lebow (1932-1994) y organizado por New York Road Runners, la Maratón de Nueva York se ha convertido –a pesar de no ser siquiera  cincuentenaria- en la carrera más popular y multitudinaria del mundo. En aquella ocasión, participaron tan solo 127 valientes (a los que a buen seguro consideraban un poco ‘chalados’), que se dedicaban a dar vueltas por varias rutas del Central Park, hasta coronar la distancia de 42,195 kilómetros de la prueba.

Hoy, salvo esa longitud (porque es la reglamentaria) y algunos pocos detalles más, todo se ha desarrollado de forma espectacular y exponencial en esta prueba, que tiene fecha marcada a fuego en el calendario de atletas y aficionados: el primer domingo de noviembre. Ese día, todos los años, decenas de miles de atletas (unos 50.000  en 2013) se dan cita en Staten Island, justo en la entrada del puente de Verrazano, que cruza la bahía y conecta con Brooklyn. Desde allí, los corredores comienzan a realizar el circuito actual, que pasa por los cinco distritos o boroughs de Nueva York: Staten Island, Brooklyn, Queen, Manhattan y Bronx.

Cuando la prueba va enfilando su etapa final, la serpiente humana baja por la Quinta Avenida hasta Central Park, donde se adentra durante una milla, vuelve a salir otra vez a la Quinta Avenida por el hotel Plaza y ya en Columbus Circle vuelve a entrar en Central Park para afrontar el último kilómetro y llegar a la mítica meta en Tavern on the Green. Para quien conozca Nueva York será fácil imaginar la belleza de tales escenarios y la grandeza del evento, que congrega a más de dos millones de espectadores a lo largo del circuito y cuya organización cuenta con el apoyo desinteresado de casi diez mil voluntarios. Y se calcula que la carrera del año 2013 la vieron por televisión unos 315 millones de telespectadores.

Todo eso es lo que ha convertido a la Maratón de Nueva York en un auténtico fenómeno social, en una ‘religión’ universal que cada día cuenta con más adeptos en todo el planeta, como lo calificaba la presidenta del evento, la neoyorquina Mary Wittenberg: “Es una religión para todos los que practican atletismo, un espectáculo (…) El mensaje que transmite esta prueba es que cualquiera puede correrlo y acabarlo. Corredores de todo el mundo vienen a Nueva York sólo para disputar esta prueba”. Mary Wittenberg, entusiasmada, destaca también que “Nueva York engancha. Es un trazado de película y está repleto de espectadores animando. Ese es el secreto”.

Durante estos pocos días transcurridos desde la concesión del premio, mucho se ha escrito de la Maratón de Nueva York. Pero a mí, de todo lo que he leído, me parecen especialmente interesantes los testimonios de quienes han corrido la prueba. Por ejemplo, el de mi amigo Juan Mora –subdirector de AS con quien coincidí en la redacción de El País en los primeros años del diario- quien nos explicaba por qué la considera mucho más que una maratón. Mora, subdirector de AS y gran atleta, asegura que “La maratón de Nueva York es única en el mundo. La corrí de joven, en 1980. Y volví siete veces más (…) Allí el mérito no es ganar la carrera, es terminarla. Es lo único que te preguntan por la calle cuando llegas al hotel con tu medalla colgada al cuello”.

Otro de los testimonios en primera persona es el que nos ofreció el periodista Juan Fornieles en El Mundo (es subdirector del periódico) al día siguiente de la concesión del premio. Bajo el título de “A correr con Frank Sinatra”, se refería “al maratón más hermoso que he corrido. Un sueño para la tribu runner”. Él corrió la prueba en 2011 y lo contaba así: “Es 6 de noviembre de 2011 y llevo más de tres horas acantonado en los trasegados jardines y parterres de un viejo cuartel. El frío y la humedad de Nueva York se mezclan con mis nervios, tanto que han abierto la espita de mis intestinos y de mi vejiga. Me meo y me cago (de miedo) una y otra vez. Bienvenido a la elite de las carreras populares, bienvenido al Maratón de Nueva York”.

Si también eres correligionario de esta nueva moda, y te quieres apuntar a la maratón del año que viene, tienes que darte prisa, pues normalmente se preinscriben casi cinco veces más de los atletas que finalmente acaban siendo aceptados. Te hará falta una buena marca y poder acreditarla. Si aún no la has conseguido, quizá tengas suerte y te toque la lotería de la repesca (que se celebra en abril).  Recuerda que no es el mejor maratón para establecer buenas marcas, porque las subidas y bajadas del recorrido convierten el circuito en una experiencia durísima).

El año pasado, los vencedores fueron los keniatas Geoffrey Mutai y Priscah Jeptoo, que gozan hoy del prestigio popular. Los ganadores (como los gladiadores de la Roma clásica) gozan de un lugar en el olimpo de los campeones. Entre todos ellos destaca por derecho propio el nombre de Grete Waitz, la campeona noruega que batió el record mundial femenino de maratón en 1978 y ganó esta carrera en 9 de sus 11 participaciones.

Waitz ha sido elevada, sin duda, a los altares por todos esos aficionados que consideran casi sagrado correr la Maratón de Nueva York, al menos una vez en la vida. Lo mismo que sucede con la peregrinación a la Meca para los musulmanes o el Camino de Santiago para los feligreses católicos.

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