Muchos balances se han hecho ya sobre los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, la mayoría de ellos basados en dos ejes: el medallero por países (o sea, los medalleros) y, en menor medida, por los resultados personales y el protagonismo de los mejores deportistas. Tan sólo algunos otros enfoques, como los que ponen en cuestión el estado de nuestra industria deportiva, surgieron a última hora y son los que ahora más me interesan.

Para mí, desde luego, son muy espectaculares algunos de los resultados que han obtenido varias estrellas mundiales, que pasarán a la historia del olimpismo por ellos, y me siento muy honrado por nuestros propios campeones; pero el análisis habría que hacerlo –creo yo– en el contexto de unos enfoques más generales: bien por países, por deportes, por características competitivas diversas o bien por las diferentes formas de hacer política deportiva. En el caso español, mientras hablemos de resultados puntuales no estaremos poniendo el dedo en la llaga y hurtaremos a la opinión pública el verdadero debate: ¿Tenemos puestas las bases para convertir a España en una potencia deportiva a nivel internacional? ¿Qué estamos haciendo, si es que algo hacemos, en esa línea?

Lo primero que me apetece destacar es que, desde el punto de vista organizativo, estos Juegos –que son los primeros celebrados en un país del subcontinente americano- presentaron inicialmente algunas deficiencias, denunciadas los deportistas, pero al final la sangre no llegó al río. Conviene tener en cuenta, a la hora de conceder unos Juegos, que se deben establecer unos mejores sistemas de control por parte del COI para no llegar a las vísperas de la inauguración con tantas incertidumbres como sucedió en Río. Veo razonable que se den oportunidades a ciudades de países en vías de desarrollo… pero ¡ojo!, pensándolo a priori muy bien, pues luego se comprueba que hay demasiadas cosas en juego (y no es ironía). Pero, en suma, los Juegos de Río parece que tenían que ser un desastre (el virus Zikka, la inseguridad ciudadana, infraestructuras sin terminar o las ausencias por el dopaje), pero al final no lo fueron. Aunque les pese a muchos.

Nadie puede negar que, desde el punto de vista meramente deportivo, los de Río han sido unos Juegos Olímpicos brillantes, con muchos récords y fulgurantes figuras en el horizonte competitivo. Siempre recordaremos que consagraron para siempre, por encima de otros, a dos grandes deportistas: el nadador Michael Phelps, quien regresó –tras una larga y penosa ausencia– para sumar otros cinco oros y una plata más a su palmarés, que se sitúa en 28 preseas, nada menos (¿es ya por derecho propio el mejor deportista de toda la historia del olimpismo?). O el velocista jamaicano Usain Bolt, quien logró el triple-triple oro en 100, 200 y 4×100 metros lisos; otros deportistas como Larissa Latynina (URS), Paavo Nurmi (FIN), Marc Spitz (USA) y Carl Lewis (USA) ganaron, como él, nueve metales dorados, pero Bolt es el primer deportista que lo consigue así, a base de tripletes en tres Juegos consecutivos.

En Río surgieron nuevos ídolos, con mucho recorrido aún, como el saltador de trampolín chino Ren Qian, el medallista más joven de las competiciones olímpicas (campeón en plataforma de 10 metros) con tan solo 15 años y 180 días de edad; o la nadadora norteamericana Katie Ledecky, que batió nada menos que cuatro récords mundiales; o la gimnasta de aquel mismo país, Simone Biles (cuatro oros y una plata)… por no citar otros nombres.

¡Y qué decir de nuestro país! El medallero es similar al de los Juegos de Londres 2012: 17 medallas en total, aunque hay que decir que los dos no son del todo comparables. Por un lado, hay más medallas de oro (siete), tres más que en Londres: Mireia Belmonte, Rafael Nadal y Marc López, Saúl Craviotto y Cristian Toro, Carolina Marín, Ruth Beitia, Maialen Chourraut y Marcus Cooper. Algunos de ellos, auténticas sorpresas. Pero a la hora de analizar deportes de más tradición olímpica en España (como la propia natación, judo, atletismo, vela o gimnasia), lo mismo que en ciertos deportes de equipo (balonmano, hockey o waterpolo), salvando al baloncesto, el nivel medio ha bajado, nos ha defraudado, y -así lo creo- nos ha dejado unas cuantas y preocupantes reflexiones por hacer.

No voy a lamentarme de los resultados alcanzados, que nadie lo piense, pues esas medallas me han hacen feliz. Sin embargo, las cosas son como son y prefiero aceptarlas. Lo que me interesa más saber qué es lo que se va a hacer a partir de ahora mismo desde las diferentes instancias e instituciones para mejorar esos resultados y, sobre todo, para plantar unos cimientos sólidos a nuestro deporte que permitan construir una industria más lógica, adecuada y sostenible. En esto, por ahora, sí me permitirá el lector mostrar un escepticismo más que fundado. Y voy a tratar de explicarme, siquiera brevemente, porque pienso volver a este asunto de manera frecuente en este blog (siempre que sea necesario).

En primer lugar, me permito recordar que tendríamos que actuar con rapidez, pues muchos otros países tienen ya esos cimientos deportivos bien fraguados. Con menos habitantes en el ranking nos superan países como Australia, Holanda y Hungría y nos viene pisando los talones Kenia y Jamaica. Sin embargo, aquí lo único que hemos hecho estos días es azuzar el fuego de las viejas diferencias políticas entre la Secretaría de Estado para el Deporte y el Comité Olímpico Español (COE). Miguel Cardenal y Alejandro Blanco no paran de lanzarse dardos sobre quien tiene más mérito de estos éxitos en Río, a quién le corresponde administrar los presupuestos o quien decide ciertas ayudas. ¡Nuestro deporte, creo, no se merece ser víctimas de rencillas o diferencias personales!

Quiero recordar también que, por ahora, en España ni siquiera tenemos Gobierno. ¡Y ya veremos cuánto tiempo pasa antes de que se aclare el panorama! No descarto que en enero sigamos igual o que –si no fuera así– puedan pasar unos cuantos meses antes de que alguien en ese Gobierno se pueda ocupar de nuestro deporte como dios manda. ¿A qué me refiero? Pues a que, aunque el día a día de nuestros deportistas esté garantizado, las grandes decisiones políticas nadie podrá tomarlas. ¿Cómo se aprobará la creación o modernización de las grandes instalaciones/infraestructuras deportivas que son necesarias para mejorar nuestros resultados de cara a Tokio 2020? ¿Acaso las inversiones económicas que ello implica no deberían incluirse en los Presupuestos Generales del Estado que se deben aprobar en breve? ¿Qué Gobierno es el que aprobará las normas legales en materia de patrocinio/mecenazgo que se quedaron a medias en la pasada legislatura? o, por hacer solo una pregunta más, ¿Cómo afectará al Plan ADO, del que viven hoy nuestros deportistas de élite, y que vence en diciembre próximo?

Lo que planteo aquí no es retórico, ni baladí. En absoluto. Porque el lector debe saber que muchos de nuestros medallistas han podido serlo gracias, además, al apoyo de las grandes empresas e instituciones. Con la beca ADO ya no llega para competir con los mejores. Han ido surgiendo estos últimos años programas de ayuda a deportistas por parte de las empresas… que, a mi entender, sí son las grandes ‘vencedoras’ de estos juegos. Los mejores ejemplos proceden de nuestra costa mediterránea, donde la Universidad Católica de Murcia (UCAM) ha conseguido colocar, entre esos 17 medallistas olímpicos, a 11 de sus becados… O el proyecto FER, que patrocina la fundación de Juan Roig (Mercadona), que envió a Río a 17 de sus becados; o la Fundación Telefónica, que actualmente ayuda de forma estable a más de cien deportistas jóvenes, para quienes Tokio 2020 es un claro objetivo. Todas estas empresas también necesitan que se aclare cuanto antes el panorama político y que los nuevos gobernantes se pongan la pila a la mayor rapidez. Para llegar bien a Tokio 2020 no hay tiempo que perder…

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