Llevo tiempo pensando en escribir sobre cómo está cambiando, en mi opinión, la manera de ver el fútbol por la televisión, dados los avances tecnológicos que este medio está aplicando. Tengo claro que el deporte en general y la televisión forman desde siempre una pareja bien avenida, por su esencial complementariedad y que esa pareja ha ido evolucionando hasta conseguir una relación estrecha y madura en la que está entrando ahora un nuevo protagonista: las Redes Sociales. Nada parece escaparse a este fenómeno y el espectáculo del fútbol televisado (el deporte más visto) no iba a ser menos…

Creo que la TV es un medio ‘frío, como lo calificó en su día Marshall McLuhan, uno de los grandes ‘gurús’ de los Media durante el siglo pasado; la información nos llega (y se dispersa) a través de los diferentes canales sensoriales, algo que nos induce a la participación y la interacción. Pero también tengo meridiano que los deportes en su conjunto, y el fútbol en particular, son actividades ‘calientes’, por competitivas, trepidantes, emocionantes y… emocionales en grado sumo; por eso se han llevado siempre tan bien. Sin embargo, la aparición de Internet, con el auge tan tremendo de las Redes Sociales, y la implantación vertiginosa de las nuevas tecnologías en el mundo del deporte están cambiando radicalmente la forma de ver y sentir la experiencia deportiva a través de la pequeña pantalla.

Antes que nada debo decir que, en mi infancia, siempre me gustaba más ver los partidos de mi equipo en directo, desde la grada del estadio; la experiencia del juego –pensaba yo– , mejor vivirla desde allí, junto a los demás fans. Con el paso de los años, sin embargo, me he ido decantando por gozarla en casa, desde el sofá, ante una pantalla cuanto más grande mejor, con la calidad de la alta definición; con planos de detalle y múltiples repeticiones desde diferentes ángulos; escuchando los comentarios de expertos y aprovechando todos recursos que la industria de la imagen ha ido introduciendo. Y, además, siempre me ha gustado ver los partidos muy concentrado en el juego, tratando de exprimir la experiencia.

Debo ser raro, lo admito, porque todos mis amigos me recuerdan que se trata de una actividad social: ¿qué más da miles de personas -juntas en unas gradas- o en grupos pequeños delante del televisor? De hecho, y esto me sorprende, un reciente estudio de la consultora Kantar sobre ‘Medición de audiencia televisiva del fútbol fuera del hogar’ nos revela que el 39,2% de los televidentes de los partidos de fútbol se congregan en bares y cafeterías para compartir la experiencia. Y las cifras no son menores.

En esta temporada, hasta la fecha, el ‘clásico’ [Barça-Real Madrid] ha sido el partido más seguido, con una audiencia acumulada de 4,5 millones de personas, superando en más de 1,2 millones de personas el derbi entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid. Supongo que muchas de esas personas podrían haber visto el partido en sus casas, pero prefirieron socializar la experiencia.

Ahora que los partidos se pueden ver desde cualquier pantalla y en cualquier lugar, me acuerdo de los viejos tiempos -los de la televisión en B/N- cuando los partidos se emitían desde un solo canal, se realizaban con cuatro cámaras (eso era todo) y la realización apenas permitía pasar de una cámara a otra, por supuesto sin repeticiones. Ahora, habitualmente, se hacen con una decena de cámaras, o con más de treinta si se trata de un partido importante; tampoco había cámara lenta, ni grandes ópticas de teleobjetivo, para tomar planos de detalle; ni cámaras colgadas con planos cenitales, ni detrás de las porterías para ver los ángulos inversos, ni las cámaras se acercaban al túnel de vestuarios.

Las narraciones de los comentaristas constituyen otro aspecto interesante que merece ser comentado por separado. En esto se ha evolucionado menos. Me parece que en los muchos partidos que se pueden ver hoy a diario, el concepto de narración resulta ‘monolítico’ en exceso. Los narradores lo hacen prácticamente (todos) igual, limitándose a describir la acción que ve el telespectador sin aportarle nada relevante, añadido o estratégico (salvo el nombre del jugador). El comentario algo más técnico corresponde a menudo a un ex jugador, a un entrenador o a un árbitro retirado, que cuenta lo que dice el Reglamento sobre una situación dudosa o polémica. Pero los narradores siguen actuando básicamente como los de radio aunque procuran ponerle una marcha menos al ritmo narrativo. Me cuesta encontrar a alguno que destaque por su sello personal o especial conocimiento… En lo que sí destacan, debo decirlo, es en su parcialidad… se les ve demasiado el plumero en cuanto a sus preferencias deportivas; eso me parece lamentable y perjudica el espectáculo.

Esos comentaristas tendrían que conocer lo que se dice de ellos durante las transmisiones y así, tal vez, optarían por actuar de otra forma. Deberían tener en cuenta –y aquí entro a comentar la tercera ‘pata’ del nuevo triángulo– que durante los partidos, los telespectadores más jóvenes siempre se sientan ante del televisor con sus móviles en la mano y que cada episodio que se produce en el encuentro es sometido a la consideración del grupo, a través de las redes sociales o de sus grupos de Whatsapp.

La consultora Nielsen publicó recientemente un informe en el que constataba que esa es una situación habitual ya en EE.UU. “Más allá de tratar de usar las redes sociales para crear simplemente la próxima sensación viral, muchos consumidores están utilizando los canales sociales para comunicar acerca de sus consumos de medios, incluyendo los programas que están viendo en la televisión”. Incluso llegaba a cuantificar que durante el pasado otoño, cada día se registraron 14,2 millones de interacciones de RR.SS. sobre TV, a través de Facebook y Twitter. O sea que el continuo aumento de la penetración de los teléfonos móviles y las tabletas, y su uso continuo por parte de los consumidores, implica necesariamente una superposición natural con otros medios, la TV incluida. Así lo indica el informe. No dispongo de datos sobre lo que sucede en España a este respecto, pero puedo asegurar que al menos en mi entorno más inmediato ese fenómeno se da con frecuencia.

Vivimos hoy en un mundo en el que televidentes, consumidores o profesionales de todo tipo (las personas) pueden comunicarse entre sí, criticar lo que les parezca y establecer una realidad paralela bien diferente de la que les llega por vía descendente desde el canal emisor (o desde el promotor del evento que se contempla). Sin olvidarnos de la gigantesca capacidad de llegada que tienen los propios jugadores (las celebridades en general), a través de las RR.SS., que puede eclipsar cualquier efecto positivo de la propia transmisión.

Según otro reciente estudio sobre los deportistas más valiosos en las RR.SS. -de Forbes y Hookit, en este caso- Cristiano Ronaldo encabeza la lista con 214,7 millones de followers [seguidores ] y 164,8 millones de euros ganados. Messi también cuenta con audiencias tan millonarias que cualquiera de los dos superan, con mucho, a las audiencias del canal televisivo a través del cual nos llegan las imágenes. O sea, los jugadores multiplican estratosféricamente a los canales en cuanto a seguimiento, pudiendo llegar a provocar un efecto perverso: tener mucha audiencia no equivale hoy necesariamente a éxito y que la productora sea percibida solo como un canal que no es capaz de aportar un valor añadido al espectáculo o ‘drama’ deportivo (en el sentido clásico del término).

Por eso, a quienes tengan la responsabilidad de llevar el fútbol hasta el hogar (y el corazón) de tantos millones de aficionados diseminados por el mundo, y el deber de seguir trabajando en la experiencia percibida, les pediría que sigan perfeccionando su oferta. Porque todavía les queda mucho por mejorar.

Compartir...Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on Facebook0Share on LinkedIn0Email this to someone