Como todo buen aficionado al fútbol conoce, esta ha sido la primera semana de competiciones Champions de la temporada. El Barça se estrenó el martes, frente al Celtic de Glasgow, y en el Camp Nou se escenificó un nuevo paso de tuerca en el particular pulso deportivo-institucional que el Barcelona Fútbol Club está manteniendo con la UEFA, relativo a la exhibición masiva de esteladas –la bandera independentista de Cataluña– en las gradas del estadio, que volvieron a ondear de forma generalizada.

Digo un nuevo paso de tuerca porque este es el cuarto encontronazo entre ambas partes, por el mismo motivo, en poco más de un año. Los tres primeros se han saldado con multas y apercibimientos crecientes, que no han hecho desistir a los responsables del Club, para quienes esa exhibición de banderas responde a una mera forma de libertad de expresión de los aficionados, sin que la entidad tenga nada que ver en el asunto. Sin embargo, en esta ocasión hay dos circunstancias que me invitan a escribir de nuevo al respecto: la primera es que, en esta ocasión, la UEFA podría decretar el cierre temporal del estadio (al menos de algunas gradas) y que, también desde esta misma semana, el máximo organismo europeo cuenta con un nuevo presidente: el esloveno Aleksander Ceferin. Veremos las actitudes que trae en su cartera.

Desde luego, este nuevo encontronazo se veía venir. Parecía, incluso, provocado a propósito para retorcer ese pulso. Porque desde el día antes del partido, en los aledaños del coliseo blaugrana, los aficionados que iban a comprar sus localidades se encontraron a decenas de voluntarios que les regalaban las esteladas. En total, se repartieron unas 30.000 banderas,  a decir de los promotores de la iniciativa: la Assemblea Nacional Catalana (ANC), Òmnium Cultural, la Plataforma Pro Seleccions Esportives Catalanes y la Associació de Juristes Drets. Todas estas entidades, independientes del Club, reivindican de esta manera, lisa y llanamente, su derecho a expresarse libremente.

Los voluntarios pedían a la gente que al menos las ondearan en los prolegómenos del encuentro -mientras salían los dos equipos al terreno de juego- y que volvieran a hacerlo en el minuto 17 y 14 segundos de juego (en referencia al 11 de septiembre de 1714, cuando las tropas catalanas fueron derrotadas por el ejército del rey Felipe V. Cada 11 de septiembre se celebra la Diada en Cataluña); también les pidieron que silbaran con fuerza cuando sonara por megafonía el himno de la Champions.

Como se ve, el guión estaba escrito de antemano y los actores lo interpretaron a rajatabla. Incluso algunos turistas se prestaron de muy buena gana a la representación, a decir de algunos asistentes al partido. La pitada fue bien sonora, por momentos ensordecedora, y las esteladas destacaron fundamentalmente en algunas zonas de la grada…  Ahora lo que toca es esperar a ver la reacción de la UEFA. ¿Considerará como una vejación la pitada a su himno? ¿Verá la secuencia descrita como una provocación? ¿Mantendrá el pulso o rebajará tensiones? El tema me parece interesante, desde varios puntos de vista:

  • El meramente disciplinario, pues el Club estaba apercibido por la UEFA, que es clara en su reglamento. Este prohíbe cualquier muestra o exhibición de lemas políticos y las esteladas están siendo consideradas por la UEFA como un emblema político y no la bandera de un estado. Por esa razón ya ha impuesto tres sanciones económicas (por un valor total de casi 200.000 euros) y un serio apercibimiento al Club para que no vuelva a suceder.
  • El aspecto legal, a la espera de lo que decida el TAS, pues el alto tribunal del deporte podría dar la razón al Club y a los promotores de la protesta, en el sentido de que la estelada es un símbolo “totalmente legal en España” (represente o no a un estado) y que los demandantes defienden el derecho a la libertad de expresión de los catalanes y de exhibición de sus símbolos. Los promotores deben pensar que finalmente se saldrán con la suya como sucedió antes del verano en Madrid, cuando la Justicia anuló la prohibición decretada por la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa, de llevar esteladas al estadio Vicente  Calderón durante la final de la Copa del Rey. En aquella ocasión quien interpuso el recurso fue la Associació de Juristes Drets pero, como digo, el titular del juzgado de lo contencioso-administrativo número 11 de Madrid acabó por darles la razón y suspendió la resolución de la señora Dancausa.
  • La posición institucional del Club, calculadamente ambigua, también juega un papel importante en todo este complejo asunto. Por un lado, la Junta directiva –que no se muestra tan claramente independentista como lo fue la de Joan Laporta– defiende sus intereses ante el TAS y se alinea con las demandas de las citadas agrupaciones, mientras que trata de mantenerse al margen de lo sucedido el martes en el Camp Nou. Así se apresuró a explicarlo el portavoz del Club, Josep Vives:  “Es una iniciativa [la de repartir esteladas] de la que no participa el club. Se hace fuera del estadio, no dentro. A partir de ahí respeto absoluto y profundo de la libertad de expresión, pero el club se mantiene absolutamente al margen”.
  • La reacción social, pues está creciendo un evidente sentimiento de antipatía en el resto de los territorios autonómicos españoles que, sin duda, traerá consecuencias añadidas. No sería justo que, como consecuencia de lo que está pasando, se instalara en el ambiente futbolístico/deportivo un profundo sentimiento anti culé (y anti catalán) más allá del ya existente por rivalidades meramente competitivas. Pero que a nadie le quepa la menor duda de que, dado el entorno político que está viviendo España, ese sentimiento anti catalanista será cada día mayor y estará crecientemente politizado.

De todo esto que digo me viene a la mente la lección que nos ha dado nuestra campeona olímpica de natación, Mireia Belmonte, que asistió al partido del martes como invitada al palco. En un gesto que la honra, la gran Mireia –por cierto, catalana de nacimiento– debió sentirse abochornada ante el espectáculo extradeportivo que había presenciado y nos dio una buena lección de ciudadanía: “Cada uno es libre de expresarse, pero creo que no se deben mezclar nunca deporte y política porque no tienen nada que ver. No veo que cuadren esas dos cosas”.

Probablemente, nadie la hará caso. Yo pienso como Mireia a este respecto y así lo vengo escribiendo en este blog, a medida que la actualidad lo aconseja; aunque soy consciente de que clamo en el desierto.
Algún día se dispararán los ánimos más allá de lo razonable,  sucederá algo serio y nos llevaremos (todos) las manos a la cabeza. Pero ya será tarde para lamentos y hará más difícil una vuelta atrás. En todo caso, lo pagará el deporte. Mientras tanto, quedamos a la espera de lo que decida la UEFA, dictamine el TAS y aconseje nuestro sentido común.

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