Parece que, finalmente, el equipo ruso de atletismo no podrá competir en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Ayer, el Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS) emitió en su página oficial un dictamen por el cual rechaza el recurso presentado por la Federación de Atletismo de Rusia y, en consecuencia, mantiene la suspensión decretada por la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) por un delito que se conoce ya como ‘dopaje de Estado’.

Y si mi primera palabra de este post es “parece”, es porque la última decisión la tiene el Comité Olímpico Internacional (COI), la máxima autoridad de los Juegos. Está por ver el alcance de la decisión del Comité, que según parece se tomará durante este fin de semana.  Está por ver, pero a estas alturas creo que nadie está pensando en que el COI pueda cambiar el veredicto del alto tribunal. Sin embargo, ¿afectará la suspensión solo al atletismo o a todas las federaciones rusas? Lo veremos. En todo caso, parece ya un duro y definitivo golpe contra los tramposos en el atletismo; pero si los afectados acabaran siendo todos los deportistas rusos, el escándalo sería de proporciones planetarias.

Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro tenían pinta de que iban a ser –ya desde hace tiempo- una gran ‘víctima’ de la crisis económica (por los recortes presupuestarios y las dificultades para construir las instalaciones e infraestructuras comprometidas); después, se convirtieron en los juegos de la inestabilidad política (que han acabado en un procesamiento de la presidenta del país,  Dilma Rousseff, por prácticas de prevaricación); más tarde, se habló de los juegos de la inseguridad de los deportistas y espectadores, tanto por falta de medios como de recursos económicos asignados a tal efecto (especialmente en lo relativo a la amenaza yihadista); recientemente, iban a ser los JJ.OO. de las grandes ausencias de muchos deportistas, dados los riesgos de salud que entraña la picadura del mosquito Zica; y finalmente, parece que también van a ser unos juegos sin representantes rusos. ¿Alguien puede dar más en este carrusel de riesgos y despropósitos?

Porque la sanción del TAS supondrá, de hecho, la no participación de una de las mayores potencias mundiales del atletismo. “El tribunal confirma que el Comité Olímpico Ruso no tiene derecho a nominar ningún atleta ruso para las pruebas de atletismo en los Juegos de Río 2016, considerando que no son elegibles para participar bajo las normas de competición de la IAAF y de acuerdo con la Carta Olímpica. Aquellos atletas rusos que cumplan con los criterios podrán competir bajo la regla 22.1.A del reglamento de competición de la IAAF”, dice textualmente la sentencia del TAS. 

El antecedente reciente de dicha sentencia hay que buscarlo en el informe -conocido como ‘el informe McLaren’- encargado por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) a un equipo independiente, en el que se confirma la existencia de un dopaje de Estado en Rusia durante los Juegos de Invierno de Sochi 2014. ¿En qué consistía ese ‘dopaje de Estado’?

El informe revela con bastante ‘contundencia’ que los laboratorios de Sochi y Moscú, en colaboración con el Servicio Federal de Seguridad (FSB) -el equivalente al antiguo KGB- ayudaron a los atletas a cambiar las muestras de sangre contaminadas por otras limpias. Apenas una hora después de conocerse estas conclusiones, la AMA pidió la exclusión de Rusia de todas las competiciones internacionales, entre ellas los Juegos de Río, que se inauguran el próximo 5 de agosto. La liebre la había levantado el ex director del laboratorio de Moscú, Grigori Rodtchenkov, quien en mayo pasado implicó a decenas de deportistas rusos en este turbio asunto. Por supuesto, entre esos deportistas se encontraban varios medallistas olímpicos. Fue entonces cuando la AMA decidió encargar el informe al experto Richard McLaren, abogado independiente canadiense especializado en dopaje deportivo y miembro del TAS.

Su demoledor informe, de 97 páginas, explica que el sistema organizado por la federación rusa “permitía transformar un positivo en negativo bajo la supervisión del Ministerio de Deportes de Rusia y el FSB”. El documento explica que el laboratorio de Moscú –con la “activa participación y asistencia” de los servicios secretos rusos– encubrió a los atletas que consumían sustancias prohibidas. Lo hacía “a través de un sistema organizado por el Estado, que el documento califica de ‘Metodología para la Desaparición de Positivos’ (…) El sistema fue implantado tras los Juegos de 2010 en Vancouver y operó hasta 2014”. Nada más conocer el informe, el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Thomas Bach, aseguró que esta trama de dopaje promovida por el Estado constituye un ataque sin precedentes a la integridad del deporte y de los Juegos y dijo que “El COI no dudará en imponer las sanciones más estrictas contra todo individuo y toda federación implicada”.

Por eso creo que nadie piensa a estas horas en una decisión del COI timorata o poco ejemplarizante. Puede ser dura, muy dura. Por supuesto ninguno de los deportistas que integran el equipo ruso de atletismo podrán estar. Hay dos excepciones que quizá deberán ser tratadas por el COI, igualmente, de forma excepcional. Por un lado, la de Darya Klishina, una saltadora que aún podría participar en los juegos bajo la bandera olímpica; y la de Yulia Stepanova, una de las que se dopó (y dio positivo) pero que en su día decidió informar sobre la trama y ha colaborado con la AMA y el TAS  en toda la investigación.

Como se puede imaginar, estas dos atletas son consideradas hoy como unas auténticas traidoras por las autoridades deportivas de su país, así como por sus compañeros de equipo, y está por ver cómo transcurrirá en el futuro su carrera deportiva. De esos compañeros, 68 habían solicitado árnica a la IAAF, bajo el argumento de que ellos nunca habían dado positivo y que, por tanto, están completamente limpios; pero la sentencia los ha retirado abruptamente de la escena olímpica, quizá ya de por vida.

En verdad, veo un futuro muy duro y negro para todos ellos. Soy partidario de condenar sin paliativos a todos los tramposos a quienes se pille con pruebas irrefutables (y de castigarlos a perpetuidad si fuera menester), pero hay que tratar de evitar que paguen justos por pecadores. Sería una gran injusticia.  Y estoy de acuerdo con lo que opinaba el presidente del Comité Olímpico Ruso, Vladimir Zhúkov, incluso antes de conocerse la sentencia: “en el caso de que se decida que la responsabilidad es colectiva, serán castigados inocentes. Entendemos que la responsabilidad debe ser individual. Los atletas rusos han estado recientemente controlados por instituciones internacionales y no se puede dudar de ellos”.
En ese grupo están, entre otros, la pertiguista Yelena Isinbayeva, el vallista Serguéi Shubenkov y los saltadores Iván Újov o Masha Kuchina. Todos son campeones olímpicos o mundiales y se perderán los Juegos de Río. Isinbayeva, auténtico ídolo planetario (doble campeona olímpica en Atenas 2004 y Pekín 2008, y bronce en Londres 2012), deseaba terminar su brillante carrera con un nuevo oro en su quinta olimpiada. Pero ahora, todo su esfuerzo se difumina como por arte de magia. Quizá por ello, no ha tardado en reaccionar de forma contundente: “Gracias a todos por haber enterrado al atletismo. Esto es puramente político (…) Que todos esos deportistas extranjeros pseudo-limpios respiren aliviados y ganen sus pseudo-medallas de oro en nuestra ausencia”. No creo que esta reacción la vaya a ayudar mucho. Me parece una pena que culmine su brillantísima carrera de forma tan triste. Yo la admiraba como deportista, lo mismo que a su compatriota, maestro y mentor, el inolvidable Serguei Bubka.

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