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De los Juegos de Río a la eutanasia: la última carrera de Marieke Vervoort

Marieke Vervoort cumplió 37 años hace tres meses, pero ya sabe dónde quiere que lancen sus cenizas cuando muera. Tiene un rostro juvenil, el cabello corto y rubio y la risa fácil. Tiene dos medallas olímpicas, un perro llamado Zen del que apenas se separa y una figura de un Buda que le inspira paz. También la mitad inferior del cuerpo paralizado, una visión reducida al 20%, dolores que le impiden dormir durante largas noches y un papel con su firma que autoriza a un médico a ponerle una inyección para acabar con su vida cuando lo desee. Pero eso aún es cuestión de unos años. Su cuerpo dirá cuántos. Antes tiene una misión para la que se prepara concienzudamente seis días a la semana: quiere volver a colgarse una medalla en los Juegos Paralímpicos de Río representando a su país, Bélgica.

Marieke llega a la pista de atletismo en un coche decorado con una gigantesca foto suya del momento en que se proclamó campeona olímpica de los 100 metros lisos en los Juegos de Londres 2012. La imagen la muestra con la boca abierta en un emocionado grito, el brazo extendido victorioso y la frente arrugada anticipando lágrimas. Un matrimonio amigo la lleva tres días a la semana hasta Lovaina, 30 kilómetros al oeste de donde vive, porque aunque cerca de su casa en Diest hay otra instalación, es allí donde la espera su entrenador.
De la noticia publicada en El País (29.08.16), firmada por Álvaro Sánchez.

Se puede leer completa en: http://deportes.elpais.com/deportes/2016/08/15/actualidad/1471268175_363552.html

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