Escribí hace unos días sobre Xavi Hernández y lo mucho que me gustó ver cómo sus compañeros de vestuario y de Club le dispensaban un homenaje de despedida digno de un símbolo, del gran jugador que ha sido y que seguramente seguirá siendo. Pero hoy, deseo hacerlo de Daniel Alves, uno de los compañeros de Xavi en ese vestuario y que debería haber aprendido un poco más de su gran capitán. Alves se ha empeñado en seguir siendo él mismo, sin reparar en que esa autenticidad puede ser totalmente contraproducente, como de hecho lo ha sido en su caso, disparando contra su club y demostrando su calaña de mala leche y peor estilo  e inexistente educación.

Una actitud impresentable, que no se entiende muy bien cómo es tolerada por el club que le paga y contra el que se revuelve y escupe. Yo, al menos, no lo entiendo. Hace tiempo me contaron que un importante jugador se enfrentó a su presidente, cuando este le increpaba por una actitud inadecuada, y el futbolista le espetó: “¿Pero que te has creído, que soy tu empleado?” Me callo los nombres, porque no estoy autorizado a desvelarlos, pero me viene al pelo para recordar lo que pasó por mi mente al conocer aquel episodio: que muchos jugadores no saben muy bien quiénes son, ni cual es su lugar, ni en qué mundo viven. Y algo parecido es lo que ha sucedido esta semana con Daniel Alves.

En primer lugar, porque el jugador ha aprovechado una comparecencia ante la prensa para defender sus intereses personales relativos a la renovación de su contrato con el Barça. Y lo ha hecho en el peor momento, cuando el equipo está a punto de jugar dos finales que pueden consagrar al club barcelonés con el segundo triplete de su historia. Ha metido una cizaña innecesaria en el vestuario, una tensión indeseable y, en esa medida, intolerable. ¿Qué tendría que hacer ahora su entrenador, de cara a esas dos finales? ¿Qué clase de expediente administrativo le tendría que abrir su club?

Se queja Alves, desde su gran ego y su poca inteligencia emocional, de que el Club no responde a sus exigencias, que son merecidas porque se las ha ganado. Y niega que él esté pidiendo el oro y el moro:  “Están diciendo que yo estoy pensando en dinero. Estoy pensando en que valoren lo que hago. Lo que no voy a aceptar es que desmerezcan lo que hago por este club. Eso no lo voy a perdonar, porque bastante he tenido que currar. Más allá de la opinión que tengan gente del club sobre mí (…) He aguantado muchísimo durante este año, escuchando muchas gilipolleces. Por eso salgo a hablar. Porque me han faltado al respeto y tengo un límite”. ¡Me quedo sin palabras!

Por lo visto, a Daniel Alves le importa mucho el respeto hacia su persona y lo reivindica de manera furibunda desde un exceso de narcisismo… sin reparar en que él también se lo falta a otros: “Cuando digo que me han faltado al respeto, me refiero a directivos que hablan de mí”, asegura. “El presidente sabe lo que tiene que hacer para que siga. Tengo los dos pies y la cabeza fuera del club, pero los dos pies dentro del equipo (…) A estas alturas está descartado que siga en el Barça. Y después, peor”.  ¡Un chantaje inaceptable!

Alves utiliza en todo momento un tono amenazante y no menos arrogante, como si él pudiera retar a la institución y se supiera con la sartén por el mango: “No quiero que Luis Enrique ni Messi intercedan. Pienso que ellos deben hacer su trabajo, que bastante faena tienen. No tengo necesidad. Pienso que bastante mérito he hecho como para quedarme en este club”. La directiva le ha hecho su mejor oferta (o eso dice) y sabe que en el fondo, y aunque él lo niegue, se trata de un asunto de dinero. Porque tanto el jugador como su representante (que es su ex mujer) siempre han sido unos peseteros irreductibles. Peseteros los hay en todos los clubes, algo que se puede comprobar a diario en los periódicos deportivos. Si me paro a pensarlo un poco, entiendo de buen grado que los jugadores tienen derecho a defender sus intereses, pero manejando bien los resortes, siendo conscientes de su valía y haciendo reivindicaciones con un poco de cabeza, de sentido. Si se llega a un acuerdo, pues genial… si no, a otra cosa, mariposa. Y, en ese caso, deberá aceptar cualquiera de las ofertas que pueda tener encima de la mesa (en Radio Marca aseguran que ya tiene firmado desde el mes de marzo su compromiso con un equipo francés y que ahora lo utiliza como elemento de chantaje en la negociación, para que su club actual iguale la puja y le suba el contrato).

Esta estrategia se ha vuelto contra él, como un tiro que sale por la culata. En primer lugar, debería plantearse por qué su club no le valora como él cree que se merece. “Nunca jamás me he creído imprescindible en este club. El míster me pone porque me lo he currado. Pero yo soy difícil por como soy (¿…?) Sé que el club no me quiso renovar hasta que supieron la decisión de la FIFA [que ha prohibido al Barça hacer fichajes por incumplir la normativa sobre jugadores extranjeros jóvenes]. Pero no a cualquier precio. Que yo tengo un valor, porque me lo he currado (…) ¿Esperar a las elecciones para tomar una decisión? No pienso esperar tanto para decidir mi vida. Después de la final de la Champions ya decidiré qué hacer. Mi futuro lo controlo yo”.

Quizá Alves tenga un rebote extraordinario, porque opina que el Club está jugando con él y su futuro. Pero es que el Club está harto de él (Guardiola ya explicó que esto sucedería): “Hace poco menos de un mes hablé con el presidente. Pero no haré pública aquella conversación. No me interesaba ni a mí… por lo tanto, tampoco a vosotros”, aseguró ante los periodistas. Pero ese malestar no le da derecho a lavar en público su ropa sucia, salvo que esta actitud responda a intereses ocultos encaminados a socavar a la Junta Directiva actual con su presidente al frente. El Club está siendo discreto, quizá porque es lo que le conviene, pero debe valorar el pellizco reputacional que este asunto le está suponiendo.

Y Alves debería valorar cómo afectará a su futuro, tanto si llega a un acuerdo con el Club como si no. Si lo alcanza, ¿con qué cara saltaría al campo y jugaría junto a sus compañeros de equipo… o ante su afición; si no lo lograra, se irá con una mala imagen y la etiqueta de jugador pendenciero, problemático, pesetero y demás lindezas negativas para su marca personal. Una mala tarjeta de visita para cualquier equipo venidero o actividad profesional de futuro. ¿En qué le puede beneficiar su actitud? Sinceramente, creo que en nada.

Dicho lo cual, y lejos de parecer que estoy en contra de la libertad de las personas para expresar sus opiniones como mejor les convenga, me pregunto si un bochornoso espectáculo como el de su rueda de prensa se podría haber evitado. Ninguna empresa que yo conozca pondría sus medios e instalaciones a disposición de uno de sus empleados para que este airease de forma soez hipotéticas diferencias mutuas. Eso no es de recibo. Especialmente, cuando él le prohíbe preguntar a un periodista y le corta en seco con una actitud inadmisible: “Lo siento, no contesto a Marca. Es basura”. ¡Lindeza de champions!

Y a todo esto, ¿qué tiene que decir su Club? Porque a nadie de la directiva debe caberle la menor duda de que mensajes de semejante tenor en boca de uno de sus jugadores perjudica de forma nítida a la reputación institucional. “No falto al respeto nunca. Es mi manera de entender el fútbol, es la única forma que yo sé de vivirlo así”, dice Alves. No creo que Alves conozca muy bien lo que significa en español el término ‘respeto’.

“Hasta el 7 de junio sólo pienso en que soy jugador del Barcelona y en el sabor de volver a ser campeón. Ojalá podamos volver a hacer historia en este club. A partir de ahí os comunicaré mi decisión”. ¡Actitud lamentable!  Y lo digo claro: el club no le debería permitir a Alves que disfrute de nuevo de las mieles del triunfo… Porque no lo merece.

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