Hace apenas dos semanas que Marc Márquez se convirtió en el piloto más joven de la historia del motociclismo en conseguir seis títulos mundiales. Fue en el circuito de Cheste (Valencia) donde, a sus 24 años y 254 días, batió casi todos los récords de precocidad. Con 17 años –en 2010– ya fue el campeón más joven de 125 CC, después de subirse al podio en 10 ocasiones. Cuando tenía solo 20, fue el más precoz en conseguir su primer título en la categoría reina, por delante de Freddie Spencer (que lo logró con 21); y ahora, con este cuarto título en la categoría máxima igualmente supera a Mike Hailwood (que lo consiguió con 25 años y 107 días). El único reto que le queda por alcanzar ya –y no es de precocidad– es el que tiene que ver con el número de títulos mundiales en GP, en poder del italiano Valentino Rossi; sin duda la otra leyenda en activo del motorismo. Pero los aficionados dan por hecho que ese sueño también se convertirá pronto en realidad.

¿Qué tiene de especial Marc que le permite moverse en semejantes registros con una naturalidad impropia de un chaval de 24 años? Siempre he pensado que cuando un deportista, sea hombre o mujer, destaca de manera tan incontestable por encima de sus rivales es que no puede ser alguien ‘vulgar’ (y entrecomillo el término para evitar que se me entienda en un sentido negativo); un campeón tiene que ser alguien diferente, especial, único… extraordinario, en definitiva. Y me fascina el ejercicio de tratar de comprender dónde radican esas virtudes o cualidades diferenciadoras. Existen muchas técnicas y parámetros para objetivar y medir esas cualidades, pero prefiero bucear en las más intangibles, en las que encierran claves ocultas de una personalidad; esas cualidades que solo suelen captar quienes mejor conocen al campeón o, como se dice ahora, ‘las personas de su entorno’. Cualidades que, como piezas del puzzle, luego van encajando hasta ofrecer una foto nítida. Y esa foto, al fin y a la postre, es la base de su marca personal.

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