Ayer vivimos una nueva final entre Rafael Nadal y Roger Federer. Fue la del Masters de Shanghái, cuya superficie de pista dicen que es una de las más rápidas del circuito mundial y, por tanto, una de las que más pueden perjudicar, a priori, a nuestro gran Rafa. Me encantó seguirla en directo por TV, a pesar de que el suizo se llevó el partido de forma clara, pues supo manejarlo en todo momento como él deseaba. Roger y Rafa son rivales eternos pero, fundamentalmente y por encima de todo, son grandes amigos. Cuando vi al suizo levantar sus brazos al aire por la victoria, se me vinieron a la mente unas recientes declaraciones suyas: “Nadal me ha hecho mejor jugador, me obliga a mejorar en mi juego”. Me parecieron reflexiones fascinantes, por todo lo que encerraban.

E, inmediatamente, también me vino a la cabeza otra de las grandes rivalidades del deporte que estos días se encuentra en plena efervescencia: la de Cristiano Ronaldo y Leo Messi por ser el mejor jugador del planeta fútbol. Ambos se clasificaron in extremis, la semana pasada, para disputar con sus selecciones el Mundial de Rusia 2018. Ninguno de los dos tiene aún ese título, que mucha gente considera imprescindible para poder entrar en el olimpo de los dioses al que solo pertenecen de forma incontestable cinco ídolos: Pelé, Di Stéfano, Maradona, Cruyff y Zidane. Cristiano y Messi, en activo, aún tienen mucho que decir con su fútbol y tendremos que esperar a ver lo que demuestran (sin olvidar, además, que el fútbol es deporte colectivo).

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