Si las cosas no cambian radicalmente en las próximas semanas, mucho me temo que la Eurocopa de Naciones que se está celebrando en Francia pasará a la historia como la de los enfrentamientos entre hooligans –como la de la violencia callejera–, más que por el fútbol que estamos viendo en los terrenos de juego. Me parece triste que un acontecimiento organizado para ser una exaltación del deporte se haya convertido, por culpa de esos incidentes, en una imagen negativa que se ha transmitido y amplificado en directo por los telediarios de medio mundo y que quedará por tiempo en la retina y en la memoria de millones y millones de aficionados.

Las fuerzas policiales, militares y de seguridad francesas se han visto superadas con demasiada frecuencia por los acontecimientos, transmitiendo a la opinión pública su poca capacidad de garantizar la seguridad ciudadana. El Gobierno francés, por si esto fuera poco, se ha visto acogotado también por una importante presión social y sindical contra su reforma laboral, recientemente aprobada. Varias huelgas y múltiples paros sectoriales han contribuido seriamente al caos reinante en muchas de las ciudades que son sede, especialmente París y Marsella. Y parece que la amenaza yidahista, esa que tanto obsesionaba en las vísperas de la competición, ha pasado momentáneamente al olvido; sin embargo ahí está. Me pregunto, cuántas veces no se habrá arrepentido el estado francés de estar organizando un evento que sólo parece traerle grandes quebraderos de cabeza.

En los diez primeros días de competición se habían producido ya más de quinientas detenciones, como consecuencia de las reyertas entre las aficiones de los diferentes países, especialmente los de la Europa central y del este, así como los sajones (aunque no son los únicos, todo hay que decirlo). Hay más de un centenar de ellos, los más peligrosos, que aún permanecen en prisión; cerca de 30 –y me parecen muy pocos– han sido expulsados ya de Francia y devueltos a sus respectivos países. Y más de 50 hooligans han sufrido heridas graves como consecuencia de fuertes golpes con bates de beisbol, cadenas o nunchakus, o por agresiones con armas blancas. Varias personas, entre ellas dos policías, han muerto. Tan solo han faltado las pistolas (o armas aún peores), que esperemos no salgan a relucir.

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