Rafael Nadal parece que –esta vez sí- ya se ha cansado de tanta y tan burda animadversión hacia su persona y su reputación que ha decidido tomar medidas. El lunes, durante la rueda de prensa celebrada con motivo de su primera victoria en el torneo Master 1000 de Indian Wells (EE.UU.) anunció que ha decidido querellarse por difamación contra la antigua ministra de Sanidad y Deportes de Francia, Roselyne Bachelot, que la semana pasada le acusó de dopaje sin esgrimir prueba alguna de por medio. No es la primera vez que nuestros deportistas sufren las críticas ‘gabachas’, ni tampoco es nuevo para Nadal.

Me parece muy bien –de hecho me gusta mucho– que Rafa y todo su entorno estén de acuerdo en que hay que parar los pies a los maledicentes gratuitos; esos que acusan o critican sin pruebas, únicamente por hacer daño, por arrojar una sombra de duda sobre la persona criticada. Y lo hacen porque la Justicia, después, actúa con excesiva parsimonia (si es que llega a actuar); en definitiva, porque sus difamaciones les salen gratis (o casi). Estoy de acuerdo con el piloto Carlos Sáinz en que la mala baba francesa contra nuestro deporte es por pura envidia, porque tenemos muchos más campeones deportistas que ellos, cuando su país es mayor que el nuestro; lo mismo que su nivel de desarrollo económico. Aún así, comprendiéndolo, creo que debemos coincidir todos en que el comportamiento de la susodicha Bachelot es de todo punto intolerable.

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