El pasado jueves –el Jueves Santo- no acudí a mi cita semanal. Me encontraba de viaje, lejos de España, en un país poco amante del fútbol y en cuyos medios de comunicación pasó desapercibida la gran noticia deportiva de la jornada: el fallecimiento de Johan Cruyff. Semanas atrás, el genio holandés había anunciado que luchaba contra un cáncer y, en varias ocasiones (cuando se le preguntaba), mostró su optimismo sobre el resultado de esa cruel pelea contra la muerte. Lo hacia –no podía ser de otra manera– con un símil futbolístico: “voy ganando este partido por 2-0 en el descanso”. Y todos los creíamos porque él había sabido ganarse a pulso ese don de la reputación personal: la credibilidad.

Pero en este caso, parece claro, nos engañó un poquito. El bueno de Johan decidió tirar de carácter y seguir siendo él hasta las últimas consecuencias. Estaba en su derecho y debemos respetarlo. Supo hacer auténtico ese refrán tan nuestro que dice: “Genio y figura, hasta la sepultura” (y, en este caso, nunca mejor dicho), especialmente cuando se leen algunos de los textos de recuerdo y reconocimiento publicados esta semana. Mi intención hoy no es escribir uno más, pues casi todo está dicho y analizado. Con toda seguridad, no tengo el nivel de conocimiento necesario para decir algo original.

– Leer más –