Hay una niña asturiana de 14 años, llamada Zaira Morales, que ha conseguido remover las conciencias de muchas personas en estos últimos días. Parece haber cometido un ‘pecado’: quiere ser árbitro de fútbol, y por ello trabajaba con ilusión, mucha dedicación y no menos esfuerzo. Es una vocación pura, en el sentido más estricto, porque ella quiere ser eso: simplemente árbitro. No practica el balompié, ni desea entrenar a futbolistas… a ella le interesa impartir justicia en el juego. Y si eso es difícil en sí para una mujer, aún lo es más para una niña en un mundo de energúmenos machistas que campan a sus anchas por nuestro fútbol patrio (especialmente, en la base).

La historia de Zaira tiene su comienzo en un torneo de alevines celebrado a finales de verano en el estadio del Gijón Industrial. Ella pitaba aquel encuentro. Cuando estaba llegando a su final, parece que no señaló una posible mano en el área de un jugador visitante; estaba mal situada y no pudo ver esa falta (así lo reconoció después ella misma). Sin embargo, en la grada se desató un furibundo ataque colectivo contra la colegiada, a quien parte del público pitó e increpó de forma desaforada e inmisericorde. Y un hombre, padre de uno de los jugadores del equipo perjudicado, llegó a gritarla “que no valía para arbitrar, pero sí para trabajar en una casa de putas”. Por suerte para Zaira, su padre estaba en la grada, cerca del energúmeno, a quien reconvino por su actitud; mientras, otros espectadores -testigos del vergonzoso episodio- le apoyaban. La cosa no fue a mayores porque la mujer del impresentable le avisó de que se trataba del padre de la colegiada.

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